Del relativismo a la incertidumbre: de la verdad por consenso al área de consenso

El relativismo es, en cierta manera, el fracaso de un pensamiento fundado en la idea de que existe una verdad única, externa e independiente a nuestros deseos y acciones. Cuando, armada con las herramientas que nos concede la razón, la persona se siente incapaz de escudriñar esa verdad, en vez de aceptar su derrota, destruye la verdad misma. La niega: la verdad no existe. O mejor: todo es verdad y todo es mentira.

La verdad única: verdad aristotélica o verdad monoteísta. Verdad sólida. La idea de que solo existe una verdad, y ésta es no-contradictoria, está tan anclada en los resortes de la psique occidental, que no es posible reflexionar, conversar o discutir, sin que la búsqueda de esa verdad (o su defensa, si es que creemos haberla encontrado) deje de ser la guía que oriente nuestras disquisiciones. No podemos cogitar fuera de la disyuntiva verdad-mentira. Al fin y al cabo, los fundamentos sobre los que el aristotelismo y el monoteísmo han edificado nuestro modo de pensar no distan mucho del código binario de cualquier ordenador.

Sin embargo, las conclusiones de nuestras reflexiones no suelen acercarse a la verdad única, salvo en contadas excepciones (problemas lógico-matemáticos, propuestas teóricas y ciencia experimental). Y es que la verdad sólida, única, por definición (tal como la hemos dibujado a lo largo de los siglos y los milenios en Europa) está fuera de nosotros, es independiente de nuestros actos. Allí donde alcanza nuestra razón, no hallamos la verdad. Y viceversa: por ser una entidad externa, allí donde se ubica la Verdad, no encontraremos nunca nuestros pensamientos. Y si es así, si por casualidades del destino damos con una idea que concuerda con la Verdad, tal vez pase desapercibida y no podamos rendir cuenta de nuestro acierto.

El relativismo acepta la incapacidad humana de fagocitar la Verdad. Pero, al mismo tiempo, al quedar ésta fuera de los dominios de la razón, el relativismo la niega y la destruye. En la Postmodernidad sólo hay cabida para lo que está en-nosotros; la Verdad, siendo un elemento fuera-de-nosotros, queda excluida. Así se constituye una verdad postmoderna, que es en realidad una no-verdad: interna, propia, personal, intransferible; sometida a los caprichosos cambios de opinión y moda. Una verdad egótica que se sitúa en el extremo contrario al de la Verdad por la que tanto han luchado, cada cual con sus ejércitos de ideas, teólogos y filósofos. Verdad líquida frente a verdad sólida.

En la Antigüedad, la Verdad era una propiedad atribuida a los dioses y eran sus sacerdotes los únicos autorizados para desentrañar esa Verdad de la lectura de los textos sagrados. La sociedad quedaba, por lo tanto, liberada de la voluntad de Verdad: no necesitaban conocer la Verdad, tan solo aceptarla, tener fe en aquello que leían los religiosos en los libros inspirados por las divinidades. Diferenciaban lo que era Verdad de lo que era válido.  La Validez era un atributo interno, propio de la persona y la sociedad donde vivía; la Verdad quedaba fuera de ellas. Las ideas eran válidas porque generaban estabilidad en la sociedad, y permitían su supervivencia a lo largo del tiempo. Pero una idea podía ser válida y no verdadera. Poco importaba, siempre y cuando no violase algún precepto divino. Si la Verdad era dictada por los dioses, la Validez era un constructo humano, generado a lo largo de los siglos y a lo ancho de la sociedad, a través de un consenso social (consensus gentium). Las ideas-verdad eran divinas; las ideas-válidas eran, por el contrario, el fruto de una vida en sociedad.

La Modernidad trató de trasladar la Verdad desde fuera-de-nosotros hacia en-nosotros. Creían que, mediante la aplicación de la razón a las artes, ciencias y política, la Verdad podría llegar a ser sometida. El error que cometieron los modernos no fue de el de intentar captar, dominar, fagocitar la Verdad, sino el de creer que serían capaces de conseguirlo manteniendo los estándares de verdad que habían sido aceptados por los antiguos. En su afán positivista, confundieron Validez y Verdad. Les concedieron los mismos atributos. Y consideraron la Verdad como una validez eterna y universal. Así las cosas, no es de extrañar que el consensus gentium de los antiguos, en vez de ser aplicado a temas de validez, fuera trasladado al ámbito de la verdad. La verdad por consenso no es verdad. La verdad por consenso, tal vez, sea válida, pero nunca verdadera. Como no podemos trasladar la Verdad a en-nosotros, creamos una verdad ficticia que haya sido construida en-nosotros, la cual es aceptada por todos (o una mayoría).

La verdad por consenso podría considerarse una salida moderna al relativismo postmoderno, pero falla estrepitosamente desde la base de su constitución, pues ni cumple criterios de veracidad (una verdad por consenso puede ser refutada por los disidentes), ni tiene por qué  adecuarse a los estándares de la lógica, el empirismo y la ciencia experimental, condiciones sin las cuales los modernos nunca aceptan un enunciado como verdadero. No es de extrañar, pues, que pocos filósofos acepten este modelo de verdad.

CONSENSOVERDAD
Representación de una verdad por consenso, así como la “distancia” existente entre esta y la Verdad Absoluta.

Verdad por consenso no es lo mismo que un área de consenso de la verdad. En el primer caso, sólo se acepta una verdad, la cual todos nosotros la manejamos en nuestras aprehensiones y cogitaciones. En el caso del área de consenso, hay decenas, miles, millones de verdades, todas ellas imperfectas, incompletas, no-verdaderas, pero que tienen la virtud de situarse en una órbita similar alrededor de la Verdad Absoluta. Yo, que creo que la verdad es V1, aunque no acepte que tu verdad V2 sea verdadera, tengo que respetarla, pues se hayan ambas verdades en la misma área de verdad. No se consensua la verdad; se acepta que nuestras verdades son no-verdades, y que no podemos imponer al Otro nuestra verdad, que es tan imperfecta e incompleta como la suya. Frente a la visión rígida, monopolística de la Verdad Absoluta, de la verdad sólida no contradictoria, se erige un espacio de convivencia alrededor de la misma, alrededor de la cual “orbitan” verdades menos absolutas, pero más alcanzables y comprensibles.

CONSENSOVERDAD2
Representación de tres verdades parciales que se sitúan en la misma órbita alrededor de la Verdad Absoluta.

El área de consenso tiene límites. Centrípetamente se encuentra la Verdad. Centrífugamente el todo-relativismo. Las diferentes órbitas en las que se sitúan las verdades alrededor de la Verdad dependerán de su grado de no-contradición. Ahora bien, no es fácil delimitar el borde centrífugo del área de consenso, como tampoco dividir ésta en órbitas. Tal vez sea imposible, salvo que se realice… por consenso.

La virtud del área de consenso es que rompe con el esquema monoteísta-aristotélico acerca de la Verdad, así como el afán moderno de fagocitarla. El área de consenso deja fuera-de-nosotros la Verdad, tal como sucedía en los tiempos de los antiguos. Pero, además, tolera la construcción en-nosotros de verdades, quizás no tan absolutas, pero sí tan necesarias (¡o más!) para el buen discurrir del pensamiento. Exige tolerancia con las ideas del Otro, siempre y cuando la verdad sobre las cual éstas reposan se sitúe en una órbita a la Verdad Absoluta similar a la nuestra. Vuelta, por lo tanto, al pensamiento politeísta, a la aceptación de que los dioses a los que adoramos no son perfectos, absolutos, ilimitados… sino que también cometen errores.

 

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