El derecho de ofensa fuera del Paréntesis Gutenberg

En un mundo cada vez más conectado, y donde las expresiones de sentimientos más extremas encuentran, no sólo cabida, sino una publicidad y una audiencia más grande que lo moderado y lo normal, es habitual que recibamos a través de medios de comunicación y redes sociales noticias acerca de comentarios ofensivos y personas ofendidas. Y de las medidas legales que éstas últimas exigen para satisfacer su dignidad.

Ejemplos hay cientos: desde la familia de un almirante franquista asesinado por ETA, a las buenas mamás dolidas por ciertos comentarios realizados por una presentadora de televisión, pasando por los chistes de regusto machista de algún humorista. Todas las víctimas, o supuestas víctimas, se sienten dolidas por ciertos comentarios realizados por unos terceros, y cuyo eco suele ser amplificado en la caja de resonancia de las redes sociales (facebook, twitter…). A veces se llega al extremo de hacer uso del sistema judicial para dirimir esas desafecciones, y multar al ofensor (o incluso encarcelarlo, si se tipifica que es delito de odio o de enaltecimiento del terrorismo).

Hasta el advenimiento de los sistemas digitales de procesamiento de texto, un documento impreso y publicado en un medio de comunicación se consideraba como un elemento canónico y estable, el cual contenía, supuestamente de manera meridianamente eficaz, la expresión de los sentimientos y de la conciencia del autor. Era el lector quien, a través de las palabras del texto, trataba de comprender lo que quería decir el autor. Se producía un diálogo escritor-lector unidireccional y unívoco, que partía desde el primero y llegaba al segundo.

Sin embargo, esta relación con el texto impreso y publicado ha sido superada. La primera causa de este cambio es la universalización del acceso al procesamiento y edición. La segunda, que ese texto, a veces autoprocesado y autoeditado, y que antes de internet era usado para consumo propio o de una audiencia limitada, ahora puede llegar a un público potencial de cientos de millones de lectores. Millones de lectores que, a su vez, pueden “apropiarse” de ese texto, “reinterpretarlo”, “recontextualizarlo” y, al mismo tiempo, realizar un juicio de valor del mismo en base a esas apropiación, reinterpretación y recontextualización. El autor tal vez siga siendo el propietario firmante del texto, pero ya no controla su significación.

Así como antaño los sentimientos y conciencia del autor del texto jugaban un papel determinante en su interpretación, hoy en día la psique, las vivencias, experiencias del lector también cuentan. Éstos, al apropiarse del texto, van a añadirle sus propios aspectos emocionales. Es por ello que, cuando hoy en día se publica una opinión, se corre el riesgo de que se acabe extendiendo una alter-opinión muy diferente a la que en realidad se quiso decir, y ser juzgado y criticado en función a ella. En la masiva, casi ilimitada, emisión de información digital, es difícil hacer hueco a todos los comentarios moderados que recibe una opinión, una comunicación, una noticia. Serán los extremos, los más polémicos, los más absurdos, los más extraños… los que despunten y, por lo tanto, puedan convertirse en “trending topic”. Es el momento de los trolls, de los rabiosos, de los intolerantes… y de los ofendidos.

No es que hoy en día tengamos la piel más fina y nos ofendamos más fácilmente que antaño, sino que el que se pueda sentir ofendido por una publicación tiene más instrumentos a su alcance para hacerse oír. Además, su extrema emoción negativa va atraer a la audiencia, la cual suele ponerse de parte de ese ofendido. Así las cosas, un comentario que, posiblemente, tenía una función no agresiva, es reinterpretado por alguien que se siente ofendido, le atribuye un aspecto violento-despectivo, y es esta reinterpretación la que llega a preponderar. De ahí, a que se acuda a los tribunales para exigir el procesamiento por enaltecimiento del terrorismo, racismo, machismo, xenofobia… hay un pequeño paso.

La actual libertad de expresión y los delitos vinculados con ésta (como el de injurias) han sido codificados según una concepción de la comunicación que se producía dentro del Paréntesis Gutenberg. Pero muchas de las expresiones que hoy en día recibimos a través de los medios de comunicación y redes sociales se sitúan fuera, o en los límites de ese paréntesis. Cuando una ley que afecta a un entorno limitado, amplía su área de influencia sin que se modifique su naturaleza, genera áreas de inegalidad. Y así, es lo que está sucediendo actualmente entorno a las leyes que protegen nuestra libre expresión y conciencia. No es que hayamos perdido libertades, sino que las leyes que modulan nuestras libertades no son capaces de protegernos fuera de esa área de expresión limitada por el Paréntesis Gutenberg; y que es unilateral, unívoca, canónica y estable.

Cuando tratamos de adaptar nuestra expresión generada fuera de estos límites a esa ley, entonces precisamos de sobremodularla, esto es, criticarla, censurarla… prohibirla. Es por ello que la sociedad actual debería replantearse las leyes que protegen la libertad de expresión, y adaptarlas a los nuevas formas de comunicación, y no al revés. Un código normativo que se expanda más allá de los paradigmas creados entorno al texto impreso que nos han acompañado desde la publicación de la Biblia de 42 líneas. Debe amparar al insultado, injuriado, amenazado… pero no al ofendido. El delito de ofensa debería dirimirse fuera del espacio jurídico. Si no, cualquier ofendido que sea capaz de elevar la voz por encima de los demás, tendrá en su mano la posibilidad de paralizar, incluso castigar, cualquier comunicación que le desagrade y no se aliene con sus creencias.

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