Del relativismo a la incertidumbre: del todo-desordenado a lo limitado-ordenado

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Le coup de l’étrier. Jean Baptiste Lallemand (1716-1803)

¿Es el cosmos un ente ordenado o, por el contrario, necesitamos de un cosmos ordenado para poder aprehenderlo?

El saber natural, animal, se basa en un conjunto de procedimientos que están recogidos, sino íntegramente, si en su casi totalidad, en el código genético. Un perro no necesita acumular mucha más información que la que recibe de sus dueños para generarse una idea del mundo. A través de su instinto y de los condicionamientos que reciba a lo largo de su vida generará un espacio vital completo, inapelable y no sujeto a discusión. El perro no va más allá de lo que ve, oye, huele o siente.

Si habría que definir con una palabra al saber animal, esa podía ser “fatalista”: los hechos son los que son, hay que aceptarlos tal como llegan, pues no hay manera de actuar sobre ellos para modificarlos. El animal no adapta el medio a sus necesidades; el animal se adapta al medio.

En el momento en el que el ser humano se hace humano, decide ir “más allá” del instinto, del condicionamiento. No acepta los hechos tal como le vienen dados. Quiere tener capacidad de influir sobre ellos; cambiar el entorno para que éste se adecúe a sus aprietos y deseos. No hay persona humana-absolutamente-fatalista, pues todos, de una manera u otra, bien con el verbo, bien con el acto, modificamos nuestras circunstancias.

Ahora bien, para llevar a cabo este proceso de aprehensión no natural, no instintiva, se debe asumir también una renuncia: la de ser capaces de vivir en un maremagnum caótico de datos recibidos a través de los sentidos y, además, todos al mismo tiempo. Porque en realidad eso es la naturaleza exterior a la mente humana: una red compleja de información que no encaja en un espacio y un tiempo. El perro puede vivir en ese universo emocional y de sensaciones. La persona, si quiere ser humana, tendrá que aceptar su incapacidad a moverse en ese terreno.

El cerebro humano realiza dos operaciones básicas para huir del data-chaos. Por una parte compartimentaliza la información recibida, y por otra la temporaliza.

La compartimentalización de la información exige, asímismo, la selección de una parte, pequeña o grande, de la apabullante colección de datos de los que es fecunda la naturaleza. Ya no se aceptará toda la información que llega a través de los sentidos: muchos datos irán, directamente, a una virtual “papelera de reciclaje” cerebral, de la cual nunca saldrán. Otros, los seleccionados, deberán clasificarse, ordenarse y compartimentalizarse. De este modo se crearán en el cerebro casillas perfectamente señalizadas y ubicadas en un “mapa del saber”, donde se irán acumulando esos datos seleccionados previamente.

Hay quien dice que el tiempo no existe. Pero es absolutamente necesario en términos humanos. Porque sin tiempo no se puede proceder a un segundo proceso de aprehensión: la conexión, concatenación y distribución de los datos compartimentalizados. No hay asociación entre dos conceptos si no existe una línea temporal que los una. No hay posibilidad de manejar el contenido “bruto” de nuestro “mapa del saber” sin un reloj, real o figurado, que de sentido a las relaciones que se generen entre nuestros datos.

Fuera de los compartimentos, fuera del tiempo humano, quedan cantidades ingentes de información que no son ni transformadas ni utilizadas por la mente humana. Existen, pero no las aprehendemos. Probablemente existan dos razones por las que esa información se queda fuera: primera porque no es necesaria para la supervivencia de la especie humana; y segunda porque no poseemos instrumentos sensitivos capaces de aprehenderla. De modo que no sería exagerado asegurar que todos los seres humanos manejamos exactamente la misma información procedente de la naturaleza, independientemente de la época histórica, sociedad o cultura. El contenido no depende de la experiencia humana, sino de las capacidades otorgadas por la biología.

Ahora bien, la compartimentalización de los datos, el “mapa del saber”, es un proceso absolutamente cultural. No existen clasificaciones naturalmente válidas y correctas de ese saber “parcial” que manejan los seres humanos. No hay casillas correctas e incorrectas. Y, a diferencia del contenido “bruto” de información, la clasificación de los datos sí va a depender de la época histórica, del tipo de sociedad, de la cultura que se maneja… No tiene nada que ver la clasificación del saber que se hace en la cultura aborigen europea moderna, heredera del racionalismo, que la que, desde hace miles de años, manejan los aborígenes australianos. Mientras la primera selecciona y clasifica un solo tipo de información (datos empíricos y científicamente demostrables, esto es, transformables en números y fórmulas matemáticas), los australianos son capaces de manejar en una misma casilla de su “mapa del saber” conceptos concretos y empíricos concretos, a la vez que nociones espirituales. Por ejemplo, las “songlines” son complejísimas creaciones orales, cantadas, que mezclan contenidos geográficos (montañas, fuentes de agua, terrenos peligrosos…) con menciones de los espíritus que allí habitan, así como pinceladas de chascarrillos, lugares comunes e, incluso, astronomía y astrología. Cada songline discurre a través de una línea geográfica que une un punto de Australia con otro, a veces muy lejos entre sí;  a veces atraviesan regiones donde se hablan diferentes lenguas, hecho que se refleja en la letra de la canción. Si un aborigen decide realizar un walkabout (caminata en solitario a través del desierto que puede durar meses), podrá hacer uso de una “songline” para orientarse por el terreno, encontrar alimento y, además, rastrear las huellas de sus antepasados y de los espíritus. Para un aborigen europeo esto es imposible: no podemos comprender cómo se puede utilizar una canción para esos menesteres; cómo puede ser que cantada en el momento justo y en el orden exacto, un aborigen sea capaz de encontrar un pozo de agua allá donde solo se observan piedras.

Dentro de una misma cultura se pueden dar diferencias, no ya en el modo de compartimentalizar los datos (el “mapa del saber” es el mismo para todas las personas), sino en qué datos se incluyen en cada compartimento. Es el momento del Discurso, del paradigma. Habrá datos que serán enviados a las casillas de “tabú”, “prohibido”, “locura” y otros a las casillas de “permitido”. Como se trata de un saber inestable y variable, la información podrá pasar de unas casillas a otras según las necesidades o situación de la sociedad. La historia de las ideas dará a conocer estas transformaciones.

Finalmente podrán darse diferencias de asociación entre ellas. Un conjunto de datos, clasificado según los mismos criterios y contenido en compartimentos similares puede generar diferentes aprehensiones de ideas según como estas se asocien. Existe una dificultad de comunicación, más allá de la incomprensión que se da entre diferentes lenguas, cuando aparecen una incompatibilidad epistémica (aborigen europeo-aborigen australiano) o paradigmática. Aunque hablen un mismo idioma, un aborigen australiano difícilmente será capaz de transmitir de manera eficaz a un aborigen europeo su conocimiento sobre las “songlines”. Aunque a menor nivel, una incomprensión similar se producirá entre un químico y un físico cuando discutan sobre el concepto “molécula”, pues ambos se mueven en disciplinas paradigmáticas diferentes.

Pero en lo postepistémico, esto es, en el diferendo de asociación, no hay incomprensión. Por ejemplo, dos políticos de diferente signo político están condenados comprender, aunque no compartir, lo que expresa el adversario. Entre ellos no existen ni barreras epistemológicas o paradigmáticas. Tan solo intolerancia hacia la opinión del otro. Y, como en política, esta intolerancia, disfrazada de incomprensión, es fuente de la mayor parte de polémicas, discusiones y malestar social.

¡Cuán mejor nos iría si aceptáramos con humildad la limitación de nuestro saber, la dependencia que sufrimos frente a un “mapa del saber” ficticio, no verdadero, impuesto desde el Poder; así como la limitada validez del discurso del que tenemos enfrente de nosotros!

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Poder horizontal

Además del poder vertical, en las sociedades humanas se da otro tipo de poder, mucho más invisible, y tal vez por ello más eficaz: el poder horizontal o, simplemente, el Poder. Es aquel que es detentado por los yo-sociales de todas las personas que forman una comunidad, y se ejerce hacia/con/contra cada persona. Al contrario del poder vertical, el Poder es ostentado por todos. Sin embargo su distribución no se realiza de manera democrática (esto es, con cuotas de Poder homogéneas), sino más bien parademocrática. Parademocrática porque, aunque todas las personas reciben una cuota de participación en el Poder, habrá quien obtenga una cuota más generosa y quien se tenga que conformar con menudencias. Incluso existe una parte de la sociedad, en teoría minoritaria, a la que se niega su participación alguna sobre este poder. Son los marginados, los desheredaros, los parias.

 A diferencia del poder vertical, la violencia que ejerce el Poder es coactiva-pasiva: cuando los yo-sociales de todos nosotros observan que una amenaza planea sobre la sociedad, estos tratan de neutralizarla mediante la marginación, aislamiento o rechazo del objeto peligroso.

El Poder no es visible: nada ni nadie lo encarna ni lo representa. No posee unas normas o leyes escritas. Se trata de la comunidad humana misma defendiéndose. Defiende esa desigualdad, necesaria para la producción de cultura, y que va más allá de esa división entre poderosos y sometidos, entre ricos y pobres. Defiende el acúmulo de excedente en unas pocas manos. Defiende la necesidad de existencia de productores que no reciban su cuota proporcional de excedente. El Poder defiende a la sociedad, si fuera necesario, incluso de las propias personas que la forman.

¿Cómo se reparten las cuotas de Poder? Michel Foucault introdujo el concepto de episteme como el marco de conocimiento que se adecuaba a una “verdad” impuesta desde un poder. Todo el saber que un individuo o una sociedad utilice o produzca, y que se sitúe fuera de los límites de ese marco, se considerará “incorrecto”, “erróneo”, “falso” o incluso se le expulsará al tenebroso reino de la “idea delirante” de la locura. Michel Foucault atribuyó a las instituciones la capacidad de creación del episteme. Sin embargo, el episteme es un conjunto de saberes demasiado amplio, intrincado, interconectado, flexible con múltiples excepciones. No es rígido, sino adaptativo: su contenido varía continuamente, adecuándose a las necesidades de la sociedad productora de cultura. La episteme no puede ser obra de una institución, por muy poderosa que sea. Esta tan solo es un conjunto de mortales, más o menos capaces, pero limitados e imperfectos, incapaz de una obra tan compleja. Ni siquiera en la actualidad, con los sistemas de ciencia algorítmica que desarrollan los grandes imperios tecnológicos, la episteme puede ser controlada íntegramente por un poder vertical. Por ello, tal vez, al contrario de lo que piensa Foucault (o Edward Said, entre otros), la episteme no es obra de las instituciones, sino más bien de ese sumatorio de yo-sociales que conforman una sociedad, esto es, del poder horizontal. Así, todos participaríamos de su creación y de su modificación, a la vez que nuestra voluntad de saber quedaría definitivamente controlada y estereotipada por esa obra coral. Las instituciones, al detentar una gran cuota de Poder, también influirán efectivamente sobre la episteme, pero nunca llegarán a absorberla y monopolizarla. Eso sí: como las acciones de las instituciones son preclaras a los ojos de la sociedad, sus efectos sobre el episteme también serán evidentes y cuantificables: las instituciones no dominarían la verdad que recoge la episteme, pero sí dejarían una profunda huella visible sobre ella.

La episteme, considerada como guardiana de la verdad que rige una sociedad, no solo enmarcaría el territorio donde una persona puede pensar, crear y utilizar cultura de manera segura, sin que nadie pueda considerarla farsante o loca. También seleccionaría, ordenaría y clasificaría ese conocimiento permitido, de modo que el saber de una sociedad podría jerarquizarse, no solo en “verdadero” o “falso”, sino también “más verdadero” y “menos verdadero”.  Y, a partir de esta jerarquización de la verdad, también se seleccionarían, ordenarían y clasificarían las personas, según su afinidad y cercanía al saber “más verdadero”. La cuota de Poder entregada a cada persona por la sociedad dependería, por lo tanto, de esa graduación. Quien esté más próximo a la verdad de una sociedad, recibirá más Poder. Quien, por el contrario, no represente, no contenga, una sola línea de esa verdad, será condenada a la marginación y a la locura.

No hay duda de que existe una clara relación entre Poder y poder vertical. Las instituciones acaparan unas mayores cuotas de Poder que el resto de la sociedad. La capacidad de influencia sobre el Poder de un gobernante, un potentado o un gurú, es muy superior que el de un ciudadano de a pie. Pero, al contrario del poder vertical, que se ejerce de persona a persona, nadie nunca tendrá tanta cuota de Poder como para controlarlo monopolísticamente. Es más, si los poderosos se colocan en la cima de su poder vertical, es porque el Poder lo permite o, por lo menos, lo tolera. Un tirano, por cruel y poderoso que sea, si no obtiene el beneplácito del Poder, caerá indefectiblemente tarde o temprano, y de su efímero reinado no quedará piedra sobre piedra.

Todo sistema de clasificación es parcial y subjetivo: La posición que ocupa un objeto depende, más que de sus propiedades reales, de los criterios, muchas veces arbitrarios, que se utilizan en la confección de la clasificación. Y así sucede el caso del uso de la verdad social como regla de ordenamiento social. La verdad social no es la Verdad con mayúsculas, absoluta y objetiva, sino una de las muchas verdades parciales y limitadas que pueblan la cultura humana. En una sociedad democrática liberal, como puede ser la española, podríamos considerar que el Poder se rige por los siguientes criterios de verdad social: sexo, raza, nivel económico, profesión, domicilio, religión. Y se juzgaría que están más cerca de esa verdad los hombres, blancos, heterosexuales, de medio-alto poder adquisitivo, con trabajos no manuales, que vivan en ciudades y cuya religión sea la católica, agnóstica o atea. Cuantos más de estos ítems cumpla la persona, más cuota de Poder se le otorgará. No es que el Poder sea masculino (en él participan la misma cantidad de hombres que de mujeres, algo que no sucede, por ejemplo, en el poder institucional), pero sí machista. Y elitista. Y racista. Si es machista, elitista y racista, lo es en función de la desigualdad que el machismo, el elitismo y el racismo son capaces de ofrecer a la sociedad. La mujer negra, bisexual, pobre, empleada del hogar en un pequeño pueblo rural y musulmana seguirá participando del Poder; obtendrá su cuota, al igual que el hombre blanco. Pero su voz, su visibilidad y su capacidad de influencia se verán muy reducidas, casi silenciadas, frente a quien representa prototípicamente esa “persona verdadera” del Poder.

En resumen, los sistemas de control social son aquellos que permiten gobernar el yo-no-social de las personas, y aseguran el excedente y la desigualdad necesarios para la producción de cultura. Se divide en un poder ostensible, casi ostentoso, de unos pocos hacia/con/contra unos muchos, que es el poder vertical. Y un poder más difícil de percibir, menos evidente, de todos hacia/con/contra todos: el poder horizontal, o Poder. Las instituciones detentan el poder vertical. Necesitan no solo un potencial violento que asegure que la masa social obedecerá sus designios, sino también que esa masa social, o el Poder que emana de ella,  tolere, permita,  incluso justifique su existencia.

… Y Dios creó la violencia

Según cuenta el Génesis, Dios creó el mundo en seis días… y al séptimo descansó. Adán y Eva, la primera pareja de esa Creación, vivían en el Paraíso. La naturaleza les ofrecía todo aquello que necesitaban. Adán y Eva se guiaban estrictamente por las leyes naturales, aquellas que había establecido Dios, y sobre las cuales había diseñado cielo y tierra, fuego y agua, animales y plantas, hombre y mujer. El código genético ofrecía tanto a él como a ella toda la información que necesitaban para vivir.

Si nos atenemos a los textos de la Biblia, Adán y Eva son los primeros hombre y mujer y, también, los únicas personas que vivieron sin cultura, esto es, sin ninguna herramienta, material o intelectual, cuya transmisión de generación en generación no implique procesos genéticos (naturales). Son, tal vez, las únicas personas salvajes que jamás hayan pisado nuestro mundo: absolutamente naturales y, por lo tanto, naturalmente buenas según los principios de Rousseau.

Adán y Eva vigilaban y cumplían estrictamente las leyes naturales, y solamente las leyes naturales. Hasta que un día tuvieron la tentación de transgredirlas o, mejor aún, de superarlas. Porque, a fin de cuentas, todo intento de violar un código legal supone el deseo de situarse por encima de él, liberarse de las ataduras, “ser más”; incluso en este caso también podría decirse “ser Dios”. Y, así Adán y Eva probaron el fruto prohibido: llevaron a cabo un acto que no estaba escrito en las leyes naturales. Entre los cientos, miles de manzanos que en aquella época poblaban el vergel del Paraíso, fueron a elegir aquel al cual no tenían derecho a tocar. No era necesaria una prohibición expresa por parte de Dios; él no necesitaba revelar órdenes explícitas: las leyes que hacían funcionar el mundo expresaban de forma visible su voluntad. Tal vez, simplemente, el manzano estaba en una colina de difícil acceso, y Adán y Eva fabricaron bastones con varas para escalar hasta la cima. Tal vez, los frutos colgaban de las ramas más altas, y lanzaron piedras para que cayeran al suelo. O, tal vez, la piel era muy correosa, y tallaron en sílex una cuchilla para mondarla. Bastón, proyectil o cuchillo, Adán y Eva precisaron de una tecnología no contenida en el conocimiento de sus genes para poder degustar semejante manjar. Por primera vez en la historia del homo sapiens en particular, y del mundo animal en general, se violaban las leyes no escritas de la naturaleza.

La reacción de Dios no se hizo esperar. Pero, al contrario de lo que se lee en libros sagrados, puede que no se enfadara con Adán y Eva. Así como un padre acepta algunos actos de rebeldía de sus hijos como un peaje hacia la emancipación, Dios comprendió que esas dos personas habían logrado independizarse, de cierta forma, de las restricciones que él mismo les había impuesto. Ya no necesitaban el Paraíso porque ellos mismos estaban capacitados para construirse uno propio. No solo habían conseguido alcanzar y degustar una deliciosa manzana sita en un lugar inaccesible: habían creado la primera pieza de cultura; el primer objeto en cuya manufactura no se había implicado directamente fuerza divina alguna.

La expulsión del Paraíso, al cual se vieron sometidos Adán y Eva, no fue sino el último hálito creador que faltaba por ofrecer Dios al mundo. Porque con el desahucio forzado Dios creó la violencia y se la entregó a los hombres y mujeres que poblaron la Tierra. Y con la violencia, las personas pudieron construir una sociedad desigual, formada por acaparadores y productores. Y fue a través de ese gradiente de desigualdad que se pudo acumular el excedente necesario para la creación de objetos culturales, muchos más complejos que ese bastón, ese proyectil o esa cuchilla.

Por eso Dios creó la violencia. Y entonces ya pudo descansar tranquilo por los Tiempos de los Tiempos. Amén.

Poder vertical

Que las  otras naciones sean tributarias, no de vuestra autoridad política, no de vuestro gobierno, sino de vuestros talentos y vuestras luces; y forzadlas a sumisión por vuestras buenas acciones.  Existe una dictadura para los pueblos que no repugna a aquellos que se someten a ella; es la dictadura del genio. Convocad pues al genio ante vosotros; establecerlo en vuestro territorio, para que así ejerza su propio poder y reine por su influencia; que él encuentre templos entre vosotros, y que los pueblos que os rodean acudan a adorarle y servirle.
François-Antoine Boissy d’Anglas.

La sociedad humana se aleja de la naturaleza. Utiliza normas y leyes propias, no definidas en el sistema de almacenamiento y transmisión propio de esta: el código genético. Normas y leyes que están diseñadas para que la sociedad alcance, con mayor o menor éxito, su objetivo principal, y que es la producción de cultura. Para lograr esa meta, la sociedad debe obtener un excedente de material y, a la vez, generar un gradiente de desigualdad entre sus miembros. Como analizamos en el capítulo anterior, la desigualdad entre personas no se trata de un hecho natural; los rangos de diferencias fisiológicas que se miden entre los seres humanos son muy limitados, si se comparan estos con las tremendas desigualdades culturales que se pueden cuantificar entre los miembros de una misma sociedad. Pero la persona no debería aceptar ese injusto reparto de excedente y de cultura. Y contra ello se rebelará ese pedazo desalienado de la persona que funciona independientemente de la sociedad; llámese éste el yo-no-social o la parte irracional  del individuo.

A lo largo de decenas de miles de años los seres humanos hemos vivido en sociedades humanas, todas ellas desiguales e injustas, pero también más o menos estables. Tan solo cortos momentos de desequilibrio (guerras, revoluciones, desastres medioambientales) han puesto en jaque a estas comunidades e, incluso, han llegado a destruirlas. Pero, a pesar de la intensidad y emoción con la que se viven las crisis, los tiempos interregnum son, en realidad, una muy pequeña porción de la historia de una sociedad. Si sucediera lo contrario, si la inestabilidad fuera la nota predominante, se perdería el potencial de producción de excedente y, así, la sociedad perecería víctima de su incapacidad de crear cultura. Una comunidad, por lo tanto, se constituye, se establece y pervive  cuando es capaz de neutralizar las fuerzas que tienden a segregarla; esto es, la individualidad, la irracionalidad, el yo-no-social. En otras palabras: una sociedad se constituye como tal cuando es capaz de establecer un sistema de control social.

El control es efectivo cuando una persona, o un grupo de personas, cumplen una serie de reglas que, de manera espontánea, nunca estarían dispuestas a observarlas: desde el respeto por la propiedad privada hasta el cumplimiento de las normas de circulación, existe un yo-no-social, un punto de irracionalidad, dentro de cada persona que se niega a aceptarlos. Pero la mayoría de nosotros no robamos, y no nos saltamos un semáforo en rojo.  Porque la violación de estas reglas debe llevar implícito un castigo, sea este físico (privación de libertad, tortura, pena de muerte), pecuniario (resarcimiento económico) o de cualquier otro tipo (como lo puede ser la retirada del carnet de conducir). No hay control sin castigo: no hay control sin violencia. Para que el control sea efectivo, pues, debe existir un agente violento (o potencialmente violento) cuya superioridad sea evidente y notoria para todos los miembros de una comunidad. Y a ese agente lo denominaremos “poder”.

Se puede ejercer el poder de modo vertical, piramidal: desde unos pocos y muy poderosos hacia/con/contra unos muchos y débiles. Es el poder de las instituciones. De las instituciones políticas (gobiernos, ejércitos, policía, jueces); de las instituciones económicas (grandes empresas, latifundistas); de las instituciones tradicionales (iglesias, reuniones de ancianos). Son ellos los que dictan las leyes sobre las que se asienta la sociedad, y las vigilan para que se cumplan. Es un poder que se ejerce desde la visibilidad de su potencial violento; el poder vertical debe mostrarse públicamente ante la sociedad, demostrar de lo que es capaz en caso de que alguien se atreva a quebrantar sus normas. Pero, además deberá también visibilizarse mediante castigos ejemplares: la prisión o la ejecución pública; el despido laboral o el desahucio; la excomunión o el repudio.

Ese poder vertical, tan visible, es un efecto de la desigualdad sobre la que se asienta la sociedad: allá arriba, intocables en sus tronos, se situarían los poderosos, personas imperfectas y mortales, idénticas a las que desde abajo levantan la cabeza para obedecer sus órdenes. La violencia otorga al poder vertical algo de presocial, de salvaje. Aunque esta se practique de forma más o menos edulcorada, tamizada y distorsionada, poco difiere de la que ejercen los animales más fuertes contra los más débiles. Es por ello por lo que el poder vertical no es un objeto puramente cultural, sino que presenta atributos naturales, posiblemente escritos en nuestros genes. El poder vertical no solo es control social, sino también control individual, pues el poderoso no actúa siempre movido por un fin colectivo, sino por intereses absolutamente personales, espureos e irracionales. Sus miedos, caprichos e iras influirán sobremanera en la interpretación que realice en cada momento de su poder. La masa social, la base de la pirámide, no solo contemplará la capacidad de violencia del poderoso, sino también su aleatoriedad y arbitrio. Las instituciones, compuestas por personas, todas ellas con sus componentes racionales e irracionales,  no podrán desligarse de esta tara, lo cual supondrá en muchas ocasiones el descrédito y la desconfianza de una gran parte de la sociedad.

Ciencia, pseudociencia y algoritmos

No hace muchos años y, tal vez, todavía aún en algunos lugares y ámbitos, se daba gran importancia al horóscopo. Se suponía que la vida y el carácter de una persona venían, no solo influenciados, sino hasta predestinados, según la posición de las estrellas en el momento de nacer. Si tomamos cualquier horóscopo de periódico o de revista, podremos leer vaticinios o recomendaciones  a los nacidos en las diferentes “casas” del Zodiaco. Generalmente se tratan de textos muy vagos, genéricos y poco específicos, que responden generalmente a asuntos de la vida cotidiana: un catarro en invierno, un problema laboral habitual en cualquier trabajo, desavenencias familiares típicas… Quien crea que las estrellas poseen gran influencia sobre la vida de los mortales, podrá encontrar en estos horóscopos un excelente material de verificación. Pero si esta fe en la astrología le lleva a pedir consultas más específicas sobre su vida, los vaticinios que de ella realicen los adivinos tendrán mayor riesgo de error y fracaso. Aun así, se puede dar el caso de una “profecia autocumplida”, esto es, que el devoto de los astros se tome los consejos esotéricos tan en serio que él mismo, de manera consciente o inconsciente, ejecute ciertas acciones que acaben, indefectiblemente, en el cumplimiento del augurio.

En la actualidad los profetas ya no levantan la mirada hacia los cielos, ni siquiera concentran su atención sobre una bola de cristal. Porque tienen las matemáticas o, mejor dicho, los algoritmos. Las predicciones de hoy en día tienen muy poco de esotéricas, y mucho de científicas, o pseudocientíficas. Por ejemplo, a partir de un conjunto de datos y unas modas o tendencias observadas, se puede generar una fórmula matemática que sea capaz de predecir cómo va a ser el futuro. Así es como se desarrollan los modelos complejos de predicción, que tienen una gran influencia a la hora de tomar medidas políticas (medio ambiente, economía…). En las ciencias médicas tienen una gran influencia los metaanálisis, estudios que se confeccionan a partir de los resultados de otros estudios científicos médicos, generalmente ensayos clínicos aleatorizados. La suma de datos obtenidos en cada uno de estos estudios permite diseñar un “macroensayo” clínico, en el que el número de pacientes incluidos supera las limitaciones técnicas que se encuentran a la hora de realizar las investigaciones. Sin embargo, el autor de estos trabajos no tiene necesariamente que saber de la patología, el medicamento o el tratamiento quirúrgico sobre el que trata su metaanálisis. Le vale más una gran experiencia en estadística aplicada que todo el conocimiento adquirido a lo largo de una vida de práctica médica junto al paciente. Los metaanálisis se consideran que son la cima de la evidencia científica médica, cuando para su realización no se precisa de, ni siquiera, haber visto a un solo enfermo.

Como colofón de estos sistemas de predicción basados en algoritmos matemáticos, se encontraría la llamada “ciencia Google”, que Byung-Chul Han la definiría como “ciencia aditiva o detectiva, y no narrativa o hermenéutica”. A través de una masiva recepción de información de miles de millones de usuarios, bien recabada a través de sus búsquedas on-line o de sus perfiles en redes sociales, y su procesamiento mediante complejas fórmulas matemáticas, se obtienen conclusiones muy exactas de nuestra vida, gustos e, incluso, decisiones futuras. Así, se dice que con un “like” en facebook se extrae más información de nuestra vida privada de lo que nosotros nunca jamás llegaremos a creer.

Vivimos una época en la que las matemáticas ya no se ponen al servicio de las otras ciencias para extraer de sus estudios unas conclusiones más válidas y certeras. Sino que, al contrario, el poder de las matemáticas es tan grande que son las demás ciencias las que  subordinan a ella. Es tanta la ingente información (millones de terabytes) que se manejan hoy en día que se precisan de potentes ordenadores con softwares algorítmicos que “muevan” y “expriman” todos esos datos. La cuestión es ¿cómo se crea ese algoritmo? ¿Qué relación tiene este con la realidad social, política, cultural, científica de la cual se han obtenido los números con los que opera?

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Los modelos complejos de predicción, como ya comentamos en un anterior artículo, basan sus vaticinios en una pequeña parte de la información de la total que sería precisa para alcanzar su objetivo. Incapaces de predecir lo impredecible, de conocer las variables que, en el momento de creación del algoritmo no se conocen y de expresar en una fórmula matemática variables que no pueden ser reducidas a un número, los modelos complejos solo cuentan con aquellos datos conocidos y que pueden ser formulados según una expresión matemática. Inevitablemente, los modelos complejos fallarán. Aun así, a pesar de su escasa fiabilidad, influyen de manera decisiva en nuestras vidas. Las proyecciones económicas que realizan los organismos internacionales van a repercutir en las políticas presupuestarias de los gobiernos hasta el punto que uno podría preguntarse si los aciertos de, por ejemplo, el FMI se deben a su riguroso cálculo o a que sus informes presionan tanto a los agentes económicos, que estos se pliegan finalmente a ese destino. Otro ejemplo se puede encontrar en las encuestas de intención de voto que realizan agencias públicas y privadas de demoscopia: a pesar de que el número de encuestados sea alto, a pesar de que existan ya datos previos comparables que permiten ajustar los cálculos, a pesar de los potentísimos algoritmos que estas empresas utilizan, todas las encuestas fracasan en sus predicciones. Si aciertan, podría ser debido más al azar que a la buena gestión de los datos. Pero, independientemente de ello, la publicación de una encuesta, por poco certera que sea, puede cambiar la decisión de voto de decenas de miles de ciudadanos. Y eso lo saben muy bien los gobiernos, que utilizan los sondeos, más que para conocer la realidad del país, para manipular esa misma realidad.

En cuanto a los metaanálisis, a pesar de los controles internos y externos a los que se ven sometidos, son fácilmente manipulables. La no inclusión de un artículo científico que altere el resultado final que desea obtener el investigador puede ser fácilmente excusada a través de unos criterios de inclusión y exclusión que penalicen ese artículo. Por otra parte, el “peso” de los artículos incluidos en un metaanálisis depende de su calidad, que es medida a través de una serie de criterios (número de pacientes, técnicas de enmascaramiento…). La industria farmacéutica sabe de ello y, gracias a su poder tanto en recursos económicos como en medios técnicos, desarrollan unos ensayos clínicos tales que puntúan muy alto en los scores de inclusión de los metaanálisis. De este modo las conclusiones pro-industria prevalecerán frente a otras más objetivas.

Pero, tal vez, el mayor peligro de estas “ciencias monopolizadas por las matemáticas” se ubica en la “ciencia Google”. Y no es por el acúmulo de información sobre nuestras vidas privadas que atesoran en sus data centers. Estas empresas pueden revertir los algoritmos, esto es, en vez de extraer conclusiones a partir de nuestra información, crear conclusiones a la medida de estas empresas mediante la manipulación de la información que nos ofrecen. Por ejemplo, si quisieran que ganara un político X frente a otro Y, los sistemas de búsqueda online y las redes sociales primarían, en las primeras páginas y en los espacios más visibles los datos positivos de X y solo datos negativos de Y. De este modo la opinión pública se decantaría por el primer candidato frente al segundo. Hoy en día ya no es necesario censurar una información; tan solo hace falta ocultarla entre otras tantas decenas de miles de piezas de información para que así, se invisibilizen.

Cuando las ciencias se ponen al servicio de las matemáticas, y no al contrario, se pierde el relato sobre el que se construye nuestro conocimiento. Ya no es necesario cómo se ha llegado a una conclusión, ni cuál ha sido el proceso de constitución del fenómeno a estudio. Se aceptan  los resultados por fe en el algoritmo que un matemático ha diseñado, como antaño los fieles de la astrología creían en los horóscopos.

Es cierto que las matemáticas son un instrumento esencial para el conocimiento de nuestra realidad. Sin ellas no se podría haber alcanzado el grado de desarrollo cultural que poseemos en la actualidad. Pero la exageración de su importancia la convierten en una arma peligrosa en manos de poderes económicos y políticos.

El totalitarismo como intento monopolizador del control social

La sociedad humana, como producto híbrido de la cultura y la genética que es, necesita de unos elementos de control que van más allá de lo que nos puede ofrecer la naturaleza con la información recogida en el código genético. En este blog hemos trazado una clasificación de estos elementos de control social, en la que los dividíamos en un estrato subconsciente (tecnologías del poder, deber y permitir), un estrato preconsciente (Discurso) y, por último, un estrato consciente (Tradición, Política y Mercado). Por supuesto que esta clasificación, como cualquiera que se precie, toma unas referencias y deshecha otras, por lo que bien podría haber presentado otras hechuras, niveles y conceptualizaciones. Pero lo interesante de esta clasificación del control social es que permite visualizar los límites de la acción política para con la sociedad. La Política influye de manera manifiesta sobre la Tradición y el Mercado. Pero, a la vez, Tradición y Mercado son capaces de controlar y condicionar la acción de la Política.

Indudablemente, aunque la Política se asienta sobre un concepto de poder vertical (de unos pocos hacia/para/contra unos muchos), es el poder horizontal (el Poder con mayúsculas), quien tolera y permite la constitución de esa pirámide de autoridad. Y, con ello, Política y Discurso, Discurso y Política, entablarán una relación que va a ser definitiva y definitoria para su construcción y renovación.

La Política no es capaz de ejercer dominio sobre todas las áreas de control social. Presenta limitaciones inherentes a su definición (es un órgano creado por personas y, por lo tanto, desprovisto de omnipresencia y totipotencia), y a la escasa área de jurisdicción que le ha sido asignada. Pero, además, las influencias que la Tradición y el Mercado ejercen sobre la propia Política van a frenar y acotarla. La acción política en las democracias liberales posee una inmensa capacidad de controlar ciertos aspectos de la vida en sociedad a través de las leyes y del monopolio de la violencia. Pero, por muchas leyes promulgadas, y por muchos castigos ejemplares se sentencien, habrá siempre acciones acometidas por las personas que quedarán fuera de su ámbito de control.

En la Antigüedad y los primeros tiempos de la Modernidad, la Política se dedicaba a la Política. El tirano ejercía su poder absoluto a través de la promulgación de leyes escritas a la medida de sus necesidades, así como gracias a un sistema de coerción violenta que permitía castigar a los infractores de dichas leyes. Algunos grandes pensadores políticos modernos, como Montesquieu, pusieron como objetivo  la modificación de esas leyes del tirano, injustas para todos, pero sobre todo discriminatorias, como elemento necesario y suficiente para alcanzar cotas más altas de justicia social. Otros filósofos de la época, como Rousseau, no otorgaban a las leyes tanto poder, y no las consideraban elementos “suficientes” (tal vez sí necesarios). Por unas u otras razones históricas, Montesquieu prevaleció sobre Rousseau durante las primeras revoluciones políticas modernas. Así, todo el ímpetu de cambio de las protodemocracias liberales se centró en las leyes y en la Política. De ahí, que en la actualidad, las democracias liberales tengan ese “algo” incompleto, insatisfactorio, imperfecto, pues la democracia que éstos gobiernos aseguran o quieren asegurar solo afecta a una pequeña (pero importante) fracción del control social.

Algo sucedió durante los siglos XIX y XX. Y esto fue la construcción de la Historia como verdadera ciencia humana. Los datos que se recogían de tiempos pasados y que, hasta entonces, revoloteaban anárquicamente por los anaqueles de los doctos y eruditos, fueron entonces, depurados, clasificados y compartimentalizados. Y, dependiendo de la sistemática, metodología y, por qué no, también ideología, la Historia tomó diferentes carices y enfoques. Así, desde la facción historicista de esta nueva disciplina, se comenzaron a analizar las tradiciones, los prejuicios y los elementos culturales supuestamente inherentes a cada sociedad, de modo que se actualizó y se le ofreció soporte científico a la segregación cultural, a la estanqueidad de las naciones y, junto a descubrimientos en el área de la biología (Darwin, Mendel…), al racismo moderno. La ciencia histórica aprendió a manipular la Tradición, a generar mitos fundacionales de naciones allá donde nunca se había visto uno; a pergeñar justificaciones que permitieran a los gobiernos actuar “en nombre de la nación” o, mucho mejor “en nombre de la voluntad del pueblo”.

Otra transformación clave de estos dos siglos consistió en el nacimiento de la ciencia económica, y la preponderancia del capitalismo como sistema universal de intercambio de bienes y capitales. Adam Smith, entre otros, fue capaz de vislumbrar el Mercado como elemento independiente del gobierno, de la Política, con sus propias leyes, sus propios recursos. Para Karl Marx, quien al contrario de Adam Smith, fijó su atención más en el proceso (trabajo) que en el producto (excedente), el Mercado era un motor dialéctico de transformación de las sociedades. La fuerza del Mercado era tal para Marx que, tal vez por primera vez en la historia del pensamiento europeo, la Política, tan venerada hasta entonces por los revolucionarios liberales, quedaba relegada a un segundo plano. Un pensamiento que, de un modo u otro, también han aplicado los políticos neoliberales contemporáneos. El Mercado se emancipaba así de la Política.

 Los tiranos solo se habían preocupado hasta entonces de la Política. Los revolucionarios modernos también. Sus tiranías y sus democracias habían resultado siempre imperfectas, inestables, frágiles. Pero, con el conocimiento adquirido a lo largo del siglo XIX y parte del XX se constituyó un movimiento totalitarista que trató de llevar a la Política más allá de los poderes y atribuciones que habían sido asignados por sus predecesores. Si hay algo que diferencia a los estados totalitarios de las antiguas dictaduras, esto es el intento, por parte del gobierno, de dominar todos los elementos conscientes del control social: la Política, la Tradición, el Mercado.

El gobierno de las personas hacia/para/contra las personas siempre ha sido el elemento más visible en este sistema de control, y también el más accesible. A través de unas elecciones democráticas o, en su defecto, por un golpe de estado o una invasión militar, un grupo de individuos toma el control de las instituciones políticas: de las leyes y de los sistemas de coerción que estas leyes justifican. Lo que va a diferenciar a estos dictadores de los antiguos tiranos es el contenido ideológico de su puesta en escena: previamente han manipulado, mediante las hábiles malas artes de los historiadores que comen de sus manos, la historia de la nación: sus mitos fundacionales, sus héroes y villanos, la justificación de la existencia (y superioridad) de ese estado-nación, en comparación con los estados-nación vecinos. La Tradición, hasta entonces elemento independiente de la Política, se pone al servicio de la misma a través de esa burda manipulación de la Historia.

La nacionalización de los sistemas de producción será el siguiente paso que den los dictadores totalitarios. Esta nacionalización será bien completa, como sucedió en los estados comunistas, bien se tratará de una tutela paterno-filial de la que los empresarios obtendrán no solo pingües beneficios, sino el respaldo absoluto de los gobernantes (tal como sucedió durante los fascismos europeos). Así, el Mercado queda en manos de la Política.

El totalitarismo fue (y es), por lo tanto, un intento de dominio absoluto de una sociedad mediante el monopolio del estrato consciente de control social: Política, Mercado y Tradición. De este modo la sensación de robustez y potencia estatal era mucho mayor que el de las débiles y pazguatas democracias liberales, o de las tiranías de corte antiguo, donde el propio dictador era la persona más tiranizada. No es de extrañar, por lo tanto, las admiraciones que en su día despertaron (y despiertan) esos regímenes cuyo campo de acción iba más allá de la mera acción política: eran capaces de inmiscuirse en todos y cada uno de los asuntos que afectaban a la sociedad. No es de extrañar, tampoco, que en algunos ciclos políticos de nuestra postmodernidad aparezcan movimientos ideológicos que propugnen un sistema totalitario. Suele suceder en momentos de incertidumbre, crisis, indignación mal vehiculizada…

Pero hay dos elementos que los regímenes totalitarios no pudieron controlar. El primero fue el Discurso, la episteme, el conjunto de saberes que maneja una sociedad, y que ofrece un marco de verdad. Éste está regido por el Poder, poder horizontal y, por muy omnipotente sea el poder vertical que ejercen los dictadores totalitarios, nunca podrán llegar a manipular todo este conjunto de datos e información. Tal vez, hoy en día, con el big-data, los metaanálisis, los modelos complejos de predicción y la ciencia Google, el Discurso esté más cerca de caer en manos de un poder vertical, de una o unas instituciones (políticos, empresas…), pero nunca podrá ser manejado y manipulado en su completitud. El segundo, es la emoción de la persona, aquella parte del ser humano que está al margen del yo-social, aquellos pensamientos, creencias y experiencias propias y personales, muchas veces imposibles de compartir, y que se escapan a todos estos sistemas de control social. Discurso y emoción garantizan que la Política, a su pesar, nunca será capaz de manejar todos y cada uno de los resortes de la sociedad y, siempre, dejará un poso de completitud, insatisfacción y decepción.

Tecnologías del permitir en el cristianismo

Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia;soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros.
Colosenses 3:12-13

Hemos definido las tecnologías del permitir como aquellos elementos que alivian en cierto modo el férreo control social al que se ve atada la persona por el hecho de vivir en sociedad. Frente a las tecnologías del deber y del poder, se sitúan un conjunto de procedimientos, muchos de ellos no-conscientes, no-verbalizables, que limitan los efectos deletéreos (marginación, alienación, daño físico…) al que se podría verse sometida una persona que sea incapaz de cumplir con las cuotas de deber y poder establecidas en su sociedad.

Las tecnologías del permitir son per se negativas; no pueden existir de modo aislado. Precisan que, junto a ellas, se coloque una tecnología positiva (del deber o del poder), a la cual se oponga. Yo “debo hacer” y “se me permite no deber hacer todo bien”; yo “puedo ser” y “se me permite no serlo aquí y ahora”. Pero no existe la permisividad pura, pues sin objeto al que oponerse, las tecnologías del permitir situarían a la persona en absoluta libertad para-consigo y sin-los-otros. Cuando, a nivel teórico, se diseñan modelos prototípicos de sociedades, se pueden construir sociedades de la obediencia (en las que la persona esté sometida al imperio del deber) y del rendimiento (donde las tecnologías del poder ocupen todo el espacio de control social). Sin embargo, no hay lugar para una sociedad del permitir, pues esa sociedad, de existir, se escindiría, desaparecida nada más haberse constituido.

En la historia se ha dado, por lo menos, un intento de dar cuerpo y sustancia propia a las tecnologías del permitir. Jesucristo, a través de la institución del perdón como elemento conformador de la persona humana, consiguió, en parte, positivar las tecnologías del permitir. Por una parte, dio nombre y forma a alguna de esas tecnologías (misericordia, compasión, piedad) y le atribuyó un valor moral superior al deber, a la obligación de cumplir con leyes terrenas y divinas. Por otra parte, desalienó al perdón del mal que éste “permite haber sucedido”, de modo que permitir, deber y poder fueron considerados elementos independientes entre sí. En el Cristianismo o, por lo menos en los tiempos míticos de su fundación, el perdón existía independientemente del pecado o del error cometido. Así, la confesión del pecado en la fe católica sirve para aliviar el fardo de culpa que carga el pecador sobre las espaldas de su conciencia. Y, como humanos e imperfectos que somos, vivimos en constante peligro de pecar, por lo que el perdón debe vigilar y permanecer presente en todo momento de nuestra existencia. Las tecnologías del permitir ya no necesitan de un deber o un poder para tener corporeidad plena: constituyen una continuidad temporal en la vida del creyente.

Sin embargo, esta positividad de las tecnologías del permitir no va durar mucho en el seno de la Cristiandad. La “artimaña” epistemológica de Jesucristo es útil en sociedades premodernas, esto es, donde las tecnologías del deber se conjugan con el verbo “hacer”. El pecado, en esas sociedades, es acto-en-apariencia. En el “Yo confieso” de la liturgia católica se dice “Yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante ustedes hermanos que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión”. Esto es: el pensamiento, la palabra, la obra o la omisión que “he hecho” ha estado mal. Reconozco el mal de mis actos (mentales o físicos) y pido perdón por ellos. El Dios premoderno se fija tan solo en los productos del hombre, en sus “haceres” externos. Las leyes que incumben a la religión y a la moral estipulan los actos buenos y los actos malos. Pero, por mucho poder que se le atribuya, el Dios  premoderno no dista mucho de los dioses del Politeismo: como no son capaces de llegar a lo más profundo de la psique humana, pueden ser engañados. Así, mis actos pueden resultar externamente maravillosos, pero mi esencia como persona tal vez resulta venenosa y maligna.

La Reforma de Lutero va a ampliar los poderes divinos: ya no basta con hacer buenas acciones; ahora habrá que “ser” bueno. Dios recibe de manos de la Modernidad unas “gafas” que pueden penetrar en los resortes más profundos del alma humana. Ya no vale con parecer bueno, ahora hay que realmente serlo. La misericordia cristiana pierde fuerza con esta visión ampliada de los poderes divinos: ¿de qué vale que se me perdone el mal cometido en un acto si, en verdad, soy una persona abyecta? ¿Qué funciones le restan al sacramento de la confesión una vez que nuestras almas están predestinadas al bien o al mal? En la Modernidad las tecnologías del permitir vuelven a su lugar original, y que es la negatividad, la no existencia propia.

La pérdida de positividad de las tecnologías del permitir se verá parcialmente compensada con la preeminencia durante la Modernidad de las tecnologías del poder sobre las del deber. Porque, por muy abyecto que yo sea, siempre tengo margen de mejora: “puedo” llegar a ser mejor. El final del estatismo del universo antiguo y el giro copernicano ofrecerán a la persona la esperanza de, con la fuerza de su voluntad, alcanzará cotas más altas de virtud.

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Tal vez queda, en el catolicismo, algo de ese esfuerzo primitivo por entregar al “permitir” un espacio propio de existencia. Sin embargo, esa positividad era posible en una sociedad de la obligación en la que se juzgaban elementos visibles, exteriores a la persona (sus actos), pero no en una del rendimiento en la que se fija la atención en la “autenticidad” interior de cada persona. El Dios Antiguo toleraba la hipocresía; después de Lutero, la juzgará como el vicio más abominable.

La democracia de la Élite

In real markets, agents make bad choices. They are often ignorant, misinformed, and irrational. Yet, markets tend to punish agents for making bad choices, and they tend to learn from their mistakes. For instance, if you fail to pay your bills, your credit rating declines and you have a harder time getting loans. If you fail to do research and buy an unreliable car, you suffer from repair bills. In contrast, when people in government make bad choices, the political process almost never punishes them. Studies show that voters are terrible at retrospective voting—they do not know whom to blame for bad government—and so politicians are not punished for making bad choices.
Jason Brennan, Libertarianism: What Everyone Needs to Know

En democracia existe una actitud, universalmente humana diría yo, de desacreditar a los votantes de opciones contrarias a las nuestras: que si los que votaron a favor del Brexit son viejos, que si los que votaron al PP en Galicia en las elecciones de 2016 vivían en el campo, y no en las ciudades (misma imputación que se ha vertido a los votantes del PSOE en las elecciones andaluzas de 2018)… Al final estas acusaciones tienen un solo objetivo: situar la capacidad de razonamiento político del votante contrario uno o dos peldaños por debajo del nuestro. Si son viejos, es que muchos ya están demenciados y, los que conserva algo de raciocinio, son unos egoístas que solo piensan por sus pensiones. Si viven en pueblos o ciudades pequeñas, son unos paletos, ignorantes y, por lo tanto, más manipulables que nosotros, cultos votantes de ciudades cosmopolitas.

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Tweet aparecido tras la victoria del PP en las elecciones gallegas de 2016. Fuente: Minutodigital

La democracia liberal que hemos adquirido a lo largo de los dos últimos siglos en Europa ofrece voz y voto a todos y cada uno de los ciudadanos, independientemente de status económico, cultura, sexo, raza, religión… Cuando ya pocas barreras quedaban por derribar, se aprobó una ley en España que permite participar en las elecciones a los discapacitados mentales. Pero no siempre ha sido así. Hasta la II República las mujeres no podían participar en unas elecciones. Y si pudieron votar, no fue gracias a los votos de algunos partidos de izquierda presentes en aquellas Cortes Constituyentes de 1931, pues estos consideraban a la mujer como un objeto altamente manipulable por curas y obispos, y que, indefectiblemente, votarían a la derecha. Otro ejemplo de esta no universalidad del sufragio se puede ver en Francia, ya que, hasta 1848, el derecho a voto dependía del nivel de ingresos (o de los impuestos que se declaraban), de modo que aquellos ciudadanos que no alcanzaban ciertas cuotas eran desprovistos de ese derecho.

El sufragio universal es incómodo. Para todos. Izquierda o derecha. Liberales o conservadores. De pueblo o ciudad. Los resultados de unas elecciones visibilizan ciertos aspectos de la vida social que pueden resultar desagradables según los ojos de quien mire: la victoria de la izquierda alternativa en grandes capitales (Municipales 2015), el surgimiento de la extrema derecha en Andalucía (Autonómicas 2018), el frente de bloques constitucionalista e independentista en Cataluña (Autonómicas 2017)… Es por ello que hay quien aboga de recortar el derecho a voto, de modo que solo voten en las elecciones aquellos que “lo merecen”. Y por “merecer” se pueden dar tantas variantes como opciones políticas existan (cada opción considerará que algunos “mereceres” son más merecidos que los otros, en función de sus intereses).

La epistocracia es un concepto acuñado por el filósofo libertariano Jason Brennan, que lo define como “un sistema en el cual sólo pueden ejercer el derecho a voto por sufragio electoral aquellas personas que tengan cierto conocimiento sobre Ciencias Sociales y se encuentren lo menos sesgados posibles”. Con ello este filósofo quiere asegurar que la decisión que salga de las urnas será la mejor para todos. Llama la atención en esta definición dos conceptos: “Ciencias Sociales” y “menos sesgados posibles”. ¿Por qué Ciencias Sociales? ¿Aquellos que están doctorados en Políticas o Sociología son capaces de tomar decisiones más válidas que los que somos legos en esas disciplinas? ¿Cómo es posible que las cúpulas de todos los partidos políticos, independientemente de su signo político, estén saturadas de licenciados en Derecho, Ciencias Políticas y otras Ciencias Sociales? ¿No deberían estar “todos a una” agrupados en un único partido “correcto”? ¿Y cómo se mide el “sesgo”? ¿Qué base paradigmática se utilizara para calcularlos? ¿El árbitro será un marxista, un objetivista, un socialista o un fascista?… Tarde o temprano, el resultado de la instauración de ese régimen epistocrático acabaría en una oligarquía: primero, porque se institucionalizaría una lectura única, oficial y “no sesgada” de las Ciencias Sociales, de obligado cumplimiento si se quiere participar en política; y segundo, porque el acceso a esas ciencias políticas se iría limitando paulatinamente a una élite, dejando la mayoría de la ciudadanía sin opción de sufragio.

Cuando leo opiniones como las de Jason Brennan me acuerdo de la escena de la película “Lo que queda del día”, donde un político (señor Spencer) deja en evidencia al mayordomo (señor Stevens) en asuntos de alta política y utiliza la ignorancia de éste para corroborar su tesis de que la plebe no debe inmiscuirse en esos temas:

En un anterior artículo se discutió acerca de la tendencia actual de exigir políticos prometeicos, perfectos, con estudios en universidades prestigiosas, experiencia en ámbitos privados y altas esferas, así como el dominio de cuantas más lenguas mejor. Guapos, jóvenes, de cuerpos atléticos: Emmanuel Macron, Pedro Sánchez, Justin Trudeau, Jacinda Ardern… que serían el contrapunto liberal del otro perfil en boga en el panorama político internacional, y que es el de los machos brutos: Donald Trump, Quim Torra, Mateo Salvini, Vladimir Putin…  En aquel artículo se explicaba la diferencia entre técnica y política, entre el conocimiento sosegado y profundo de un tema técnico y la imposibilidad de trasladar a la esfera política esos conocimientos y esas acciones. La política es la toma de acciones en la incertidumbre; la técnica es la toma de decisiones en la certidumbre. Es por ello que los tecnócratas, como Emmanuel Macron, pueden fracasar estrepitosamente, pues tratarán de llevar a la práctica política aquellas acciones que tan buenos resultados le han reportado en el ámbito reducido y limitado de los asuntos que ellos tan bien conocen (como puede ser, por ejemplo en el caso de Macron, la banca).

 

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Foucault en Teheran. 1978. Fuente: https://philitt.fr/2017/11/29/la-modernite-tragique-de-michel-foucault/

La epistocracia da un paso más allá de esta tecnocracia prometeica que acabamos de describir. A partir de ahora, ya no solo los elegibles tendrán que cumplir unos requisitos curriculares. Los electores también deberán demostrar que son dignos de introducir un voto en la urna. Que tienen conocimientos suficientes como para “no meter la pata” y elegir al candidato correcto. Pero, por suerte o por desgracia, el conocimiento teórico en Ciencias Humanas no va eliminar la posibilidad de que el político que elijamos sea un zoquete inexperto. O peor aún, un fanático salvaje. El mismísimo Michel Foucault, gran filósofo y estudioso de los sistemas de pensamiento, fue embelesado por el ayatolah Jomeini quien, tras el derrocamiento del Sha de Persia, instauró un terrible régimen autoritario en Irán. Es cierto que el Jomeini de los años de exilio en Francia no tenía nada que ver con el fanático autócrata que luego resultó ser. Y que la dictadura del Sha no era ciertamente un edén paradisíaco donde todos los súbditos persas vivieran confortablemente. Pero Michel Foucault, eminencia en Ciencias Humanas, experto como nadie lo ha sido en los sesgos discursivos y en la lectura más-allá-del-texto, eligió mal. “Votó” erróneamente. Dio su apoyo al Diablo. Y, como Foucault, cualquiera de nosotros, por muy doctos y conocedores del mundo en el que vivimos nos supongamos, no estamos libres de caer en el mismo error que él. Así que, si hemos de meter la pata, hagámoslo de manera plural y ecuménica. Los éxitos sabrán mejor cuanto con más se compartan. Y las culpas se disiparán más cuantos más votantes hayamos sido engañados.

Identidad, diferencia y desigualdad

Hemos definido cultura como el conjunto de elementos no programados genéticamente que tienen como fin promover una modificación del hábitat natural de las personas. La cultura posee una transmisión memética a lo largo y ancho de la Historia. Estas modificaciones culturales mejorarían y superarían las expectativas de supervivencia y desarrollo de las personas implicadas. La sociedad, como agrupación de seres humanos, sería una conditio sine quanon para la existencia de cultura, pues sin ella todos los contenidos y avances culturales no podrían ser compartidos tanto con otros individuos coetáneos como con generaciones posteriores. La cultura, como elemento anti-natural, va a alejar a la sociedad de la naturaleza, esto es, de las condiciones genéticas que restringen y limitan la vida y bajo las cuales viven, por ejemplo, los animales. A más cultura, menos naturaleza. Por otra parte, la cultura precisa de dos elementos internos societales que van intrínsecamente unidos a ella: la desigualdad social y el excedente material. La primera sería el motor de generación y acúmulo de productos culturales; el segundo, el combustible con el cual se alimentará ese motor.

El acúmulo cultural de la Humanidad a lo largo de decenas de miles de años de Historia es descomunal: desde las primeras piedras talladas del Paleolítico hasta las naves espaciales más avanzadas, pasando por la agricultura, vestimenta, lenguas, literatura, gastronomía, edificación, legislación… Todo ello ha sido cogitado, diseñado y desarrollado por grupos de personas, y la transmisión de este conocimiento no puede ser realizado por mecanismos naturales-genéticos. De toda esa batería de objetos culturales, la sociedad utiliza solo un grupo limitado de ellos. No necesita “aprender” todos y cada uno de ellos (tarea que, si no imposible, probablemente fuera harto complicada). Así, a los habitantes de ciudades contemporáneas les es inútil saber cómo hacer un fuego mediante el golpeo de piedras, y ese conocimiento, aunque forma parte de la cultura humana, ha desaparecido en muchos lugares del mundo.

Esta selección de elementos culturales sigue unos criterios pragmáticos-utilitarios: lo que es útil, se conserva y mejora; lo inútil se olvida. Pero, como también hemos comentado en artículos anteriores, la sociedad no es un acúmulo de personas individuales: ésta tan solo es capaz de recoger una pequeña parte, unos pocos aspectos, de la dimensión completa de cada uno de esos individuos. A está porción de individuo que forma parte de una sociedad lo definiremos como persona social (frente a persona individual, que englobaría el “todo” del individuo). Es por ello que cuando se habla de pragmatismo social, puede suceder que lo que es bueno para una sociedad (conjunto de personas sociales), no lo sea para las personas individuales que la forman. Incluso ciertos objetos culturales pueden ser deletéreos para muchos individuos. Sin embargo, en cierto modo, no son dañinos para la sociedad en general, la cual utiliza esos elementos para preservar su existencia y dotarla de estabilidad.

Diferentes grupos sociales eligen, de todo el repertorio histórico, diferentes elementos culturales en base a esos criterios pragmáticos-utilitarios. Algunos serán comunes a todos o casi todos los grupos sociales; otros, por contra, serán aprovechados por un escaso número de ellos. Los elementos culturales seleccionados de manera universal, por todas o casi todas las comunidades, probablemente, trasciendan el pragmatismo social anteriormente descrito y puedan ser considerados como elementos básicos de supervivencia de personas individuales dentro de una sociedad. La lengua, en general, por ejemplo, con sus miles de variantes, es una creación cultural sin la cual no solo la sociedad no sería posible, sino que, probablemente, tampoco habría lugar a la persona en tanto que individuo separado y aislado.

A pesar de la existencia de esos elementos comunes a todas las sociedades, o de otros que son muy frecuentes y se encuentran en la mayoría de ellas, los grupos sociales tienden a exagerar la importancia de aquellos que les diferencian de otros grupos. Así, la lengua, abstracta, positiva, como elemento universal de comunicación se transforma en una lengua identitaria, excluyente, negativa. La religión, fenómeno cultural también universal, se compartimentaliza según los nombres de los dioses a los que se rinde culto. Elementos folklóricos, mitos históricos, objetos presumiblemente contenedores de un espíritu sagrado (banderas, monumentos…)… todo es útil para crear una compilación de elementos culturales diferentes a los de nuestros vecinos. Son los elementos identitarios

Una característica común de estos elementos identitarios es su escasa repercusión pragmática-utilitaria. Y es que, si un elemento cultural solo es útil a un grupo humano más o menos numeroso, más o menos extendido, es porque, realmente, tampoco es muy importante tanto para la supervivencia de las personas individuales como de las personas sociales. Su desaparición probablemente no conlleve ni la apocalipsis de la Humanidad, ni siquiera la desaparición del grupo social donde ese elemento está vigente.

Los elementos identitarios forman parte del sistema de control social. Éstos serían el producto de las tecnologías del deber: si quiero pertenecer a un grupo social, debo ser de una determinada manera. Por lo tanto, se tratan de tecnologías del deber que conjugarían el verbo modal “ser”: “debo ser”. Esta asociación entre elementos identitarios y “debo ser” es vital para comprender cómo funcionan los mecanismos de identidad social. La identidad no se maneja en términos antiguos-premodernos (“debo hacer”), modernos (“puedo ser”) o posmodernos (“puedo tener”). El “debo ser” identitario es más primitivo, más visceral, tal vez menos refrenable por las tecnologías del permitir. Yo pertenezco a un grupo, independientemente de lo que pueda hacer o tenga. “Soy” del grupo, pero por aspectos que ni yo mismo puedo controlar.

“Debo ser”: Es por ello que los elementos culturales identitarios van de la mano de los elementos fenotípicos de nuestro genoma. Todos los seres humanos poseemos una carga genética similar, y ésta es independiente del grupo social al que pertenezcamos. Las cualidades que nos otorgan estos genes no difieren en rangos muy amplios: Podemos ser más altos, o más bajos, pero la diferencia entre el más alto y el más bajo se mide en unas pocas decenas de centímetros. Nadie mide ocho metros de altura, nadie mide veinte centímetros. Lo mismo sucede con la inteligencia, funciones sensoriales y fuerza física. Estas diferencias, tan poco significativas entre individuos, se diluyen, incluso desaparecen, cuando comparamos grupos sociales. Sin embargo, desde la identidad se recuperan ciertos elementos fenotípicos, inútiles desde el punto de vista de función y supervivencia de la persona, pero que permiten discriminar, diferenciar a unos seres humanos de otros. El color de la piel tal vez sea el elemento fenotípico más utilizado en la discriminación entre seres humanos. Para pertenecer a un grupo social “debo ser” blanco, negro, amarillo, naranja… y si no lo soy, quedo excluido. Elemento fenotípico aparente, visible a primera vista, pero que, realmente, no posee ningún valor pragmático-utilitario, ni a nivel de persona individual, ni de persona social. Además, en la segregación por razas no hay lugar para el “debo hacer” premoderno, pues no pueden existir leyes que obliguen a un individuo a cambiar de color. Tampoco para el “puedo ser” moderno, ya que nadie puede modificar su raza, por más que se empeñe. Y, hasta la fecha, tampoco se puede dar un “puedo tener” postmoderno, pues la industria aún no ha creado la tecnología necesaria para la sustitución a capricho de piel humana.

Si la identidad reúne tan solo aspectos biológicos y culturales inútiles para la supervivencia tanto de la persona individual como de la persona social… ¿cómo es que todas las sociedades, desde tal vez la Prehistoria, le han dado tanta importancia y significación? Es cierto que, tomados de uno en uno, todos estos elementos no confieren una gran ventaja de supervivencia; pero todos ellos, en conjunto, son una poderosísima herramienta de homeostasis social. Porque lo que generan los elementos identitarios no es homogeneicidad, sino todo lo contrario: diferencia. Y a partir de esa diferencia, por poco pragmática y útil que sea, se va a generar una desigualdad entre personas; desigualdad necesaria para el mantenimiento y supervivencia de la sociedad.

Antaño no había problema en asociar diferencia identitaria con superioridad. A principios del siglo XX el racismo era la norma, y no la excepción, en Europa. Quien acusa a Sabino Arana de racista (que lo era), tendría que también que aceptar que el discurso aranista no era muy diferente del de, por ejemplo, Ortega y Gasset (léase, por ejemplo, la “España invertebrada”, donde el filósofo español defendía la superioridad de las razas germánicas). Sin embargo, hoy en día, clamar por la superioridad racial o grupal está mal visto. Ahora la identidad no se asocia con “superioridad”, sino con “diferencia”: “no somos mejores que vosotros, pero somos diferentes”. Pero esa inocente diferencia a la que se alega desde los movimientos identitarios oculta, a la postre, el mismo espíritu de desigualdad al que convocaban, desde sus púlpitos, los segregacionistas decimonónicos.

Tal vez los elementos identidarios sean inevitables: son uno de los peajes que tenemos que pagar por vivir en sociedad. Sin embargo, que sea inevitable, o necesario, ese sentimiento de pertenencia a un grupo diferente (¡y especial!, ¡y mejor!) con respecto al de los Otros, no significa que podamos ser conscientes del origen y de las implicaciones de esos sentimientos. Y, mejor aún, desde esa consciencia, no dejarnos embelesar por los cantos de sirena y los tañidos de campanas de guerra que, desde las instancias políticas, nos suelen incitar al odio a ese vecino que vemos tan distinto, pero que, en el fondo, en lo que realmente importa, no hay disparidad.

La Singularidad y los modelos complejos

La singularidad tecnológica es el advenimiento hipotético de inteligencia artificial general. La singularidad tecnológica implica que un equipo de cómputo, red informática, o un robot podrían ser capaces de auto-mejorarse recursivamente, o en el diseño y construcción de computadoras o robots mejores que él mismo. Se dice que las repeticiones de este ciclo probablemente darían lugar a un efecto fuera de control -una explosión de inteligencia-​ donde las máquinas inteligentes podrían diseñar generaciones de máquinas sucesivamente más potentes. La creación de inteligencia sería muy superior al control y la capacidad intelectual humana.
Fuente: Wikipedia

Somos humanos. Necesitamos predecir el futuro. Antiguamente se echaba mano de los oráculos, pitonisos y brujos. Aún hoy en día ciertas profecías, generalmente dentro de un contexto religioso, son consideradas como válidas por muchos fieles (como, por ejemplo, las profecías de Nostradamus y de Fátima, o el mismísimo fin del mundo detallado en el Apocalipsis). Sin embargo, desde el advenimiento del Racionalismo, allá en la Edad Moderna, los científicos y filósofos rechazan estos métodos de adivinamiento. Consideran que las predicciones acerca de nuestro futuro deben ser realizadas siguiendo criterios racionales, esto es, analizando los datos presentes, comparándolos con los pasados y, a partir de complejos cálculos de interacciones multivariantes,  obtener un resultado satisfactorio que, en este caso, no es otro que una predicción. Es lo que se llama modelo.

Uno de los temas acerca del futuro más comentado en los corrillos tecnológicos es el supuesto advenimiento de la Singularidad: ese momento en el que las máquinas sean capaces por sí solas de autocrearse y automejorarse y, por lo tanto, superen las barreras de control impuestas por los humanos. Desde un punto de vista científico, se trata de un tema muy interesante, pues la Singularidad exigiría una importante dosis de innovación y la necesidad de un conocimiento muy exhaustivo de las tecnologías de pensamiento y aprehensión. La literatura y el cine han aprovechado la Singularidad en cientos de obras futuristas que muestran una humanidad sometida al imperio de las máquinas (The Matrix).

Nada que reprochar a aquellos que trabajan y viven alrededor del concepto de la amenaza de la Singularidad. Como es humano preocuparse por el futuro, también es humano escudriñar potenciales enemigos que nos puedan superar en capacidad tecnológica e inteligencia y, por lo tanto, bien esclavizarnos y dominarnos, bien eliminarnos de la faz de la Tierra. De hecho, esa es una de las metas de la búsqueda de vida extraterrestre: conjurar la amenaza del advenimiento de una posible raza superior de alienígenas. Ahora bien, el problema viene cuando la Singularidad está cerca o, con otras palabras, cuando ponemos fecha y hora a la llegada de tal acontecimiento. ¿Por qué la llegada de la Singularidad llegará en 2045, y no antes ni después?

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Moore’s Law Transistor Count 1971-2016

Esta predicción no ha sido realizada con bolas de cristal o cartas de tarot, sino que es el fruto de un complejo cálculo en el que se tienen en cuenta ciertas variables que influyen en la adquisición y desarrollo de inteligencia artificial. Una de estas variables es, por ejemplo, la ley de Moore, que explica cómo  el número de transistores incluidos en la fabricación de un ordenador se duplican cada dos años. Y, a mayor número de transistores, mayor capacidad y rapidez de cálculo. Hecho que se considera imprescindible para la consecución de la Singularidad.

Los modelos sobre los que se basan estas predicciones solo pueden tener en cuenta aquellas variables conocidas y controladas que afectan al objeto de predicción. La ley de Moore es una variable conocida (por lo menos, se supone que la inteligencia artificial precisa de sistemas ultrarrápidos y eficientes de cálculo numérico) y controlable (puede ser medida, registrada, clasificada y comparada). Sin embargo existen otras variables que no pueden ser incluidas en la ecuación del modelo de predicción. Algunas, que son conocidas, no se incluyen en el cálculo porque, simplemente, no existen ni tecnología ni medios para su medición, registro, clasificación y comparación. Así, por ejemplo, se sabe que la inteligencia humana no puede ser reducida a un simple coeficiente de inteligencia obtenido a través de unos tests. Se sabe de su existencia, pero su comprensión es limitada. Así, no puede compararse realmente la inteligencia humana con una supuesta inteligencia computacional y, por ende, se trata de una variable que no puede incluirse en la ecuación predicitiva de la Singularidad.

Por otra parte existen variables ignoradas que, de conocerse, tendrían una influencia definitiva en el modelo. Como no existen, por lo menos, desde un punto de vista científico, no se pueden tener en consideración.

Las variables controlables, no controlables y desconocidas existen en el momento en el que se diseña el modelo. Evidentes o no, existen cuando el grupo de científicos realiza el complejo cálculo multivariante con el que predecirá el destino de la Humanidad. Pero, aunque se diera el caso que todas esas variables pudieran entrar en esa ecuación, que todas fueran conocidas, controlables y transformadas en un número, el resultado no sería del todo fiable. Porque todas ellas solo constituyen una parte del fenómeno futuro, que es lo predecible, esto es, el conjunto de procesos preexistentes y necesarios para que se produzca un suceso.

Además de lo predecible, también existe una parte impredecible que va a influir decisivamente en el fenómeno. Lo impredecible surge del azar, de novo, sin necesidad de que existan en el ambiente componentes preexistentes que le den forma y contenido.

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Los modelos solo pueden controlar una pequeña parte de los sucesos que van a influir en el futuro. De ahí que su capacidad de predicción sea similar a la del adivino de circo. En el caso de la Singularidad, se está tratando de mostrar un futuro, tal vez desolador, tal vez feliz, en el cual el ser humano se coinvertirá, bien en una marioneta de las máquinas, bien en un ser todopoderoso cuya única labor será la de pulsar el botón de encendido y apagado de esas supuestas superinteligencias artificiales. Y para ello, se basan única y exclusivamente en unos pocos parámetros que tienen que ver más con la tecnología que hoy en día se está desarrollando (supercalculadoras, sistemas con capacidad de autoaprendizaje…) que con la verdadera y real definición de inteligencia.

Hace medio siglo los modelos que calculaban la situación del ser humano para principios del III milenio indicaban que ya, para entones, se habrían establecido colonias en otros planetas del sistema solar (sobre todo en Marte). Para ello tenían en cuenta el espectacular avance que la tecnología aeroespacial había sufrido en doce años, desde el lanzamiento del Sputnik I, en 1957, hasta la llegada de Neil Armstrong a la Luna, en 1969. Sin embargo, a fecha de hoy, la situación es otra. Por no ir, no se va ni a nuestro satélite vecino. Incluso la mayor potencia mundial, que es EEUU, ha perdido la capacidad de envío de misiones tripuladas al espacio. Tan solo Rusia, y tal vez China, poseen el equipamiento necesario para transportar astronautas al espacio de modo regular. Marte es una quimera, un sueño que se sabe imposible. ¿Qué falló en ese modelo que predecía una humanidad vagando felizmente por el Universo? Pues falló que solo tenía en cuenta ciertas variables. Se despreciaron incluso algunas que sí se conocían, y sí podían ser calculadas (como el impacto económico de enviar una misión tripulada a Marte, teniendo en cuenta del oneroso dispendio del proyecto Apolo). Por ejemplo, no se pensó que, una vez enviados unos astronautas a Marte, estos tenían que volver (si es posible, sanos y salvos). Pero Marte se trata de un planeta similar a la Tierra, con una gravedad y una atmósfera que hay que salvar para reintegrarse al espacio. Esa tecnología no existía entonces (no era necesaria, pues las misiones tripuladas trabajaban en ambientes de gravedad casi cero) ni existe ahora.

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Concorde. Fotografía de Eduard Marmet.

Otro ejemplo de modelo fallido podemos encontrarlo en la industria aeronáutica. El Concorde, que realizaba vuelos comerciales transatlánticos a velocidad supersónica, hacía suponer que, en el futuro, que es hoy, cualquier distancia entre dos puntos cualesquiera de la Tierra podría ser cruzada en menos de dos horas, gracias a la implementación comercial de vuelos suborbitales (con aviones del tipo North American X-15). Hoy, en realidad, ya no existen vuelos comerciales supersónicos. El Concorde resultaba muy atractivo, pero a la postre era un cacharro muy poco rentable. Curiosamente, los modelos predictivos de transportes ultrarrápidos han abandonado la variable aérea (vuelos supersónicos o suborbitales) y recurren ahora a otras tecnologías mucho menos desarrolladas, con límites y fronteras poco definidos y, por lo tanto, con mayor tolerancia a la fantasía. El Hyperloop es uno de ellos.

Como conclusión, no creo que la Singularidad llegue en 2045. Tampoco que el Hyperloop sea el medio de transporte del futuro. Sin embargo, las visiones tanto de una como otro permiten a los científicos y tecnólogos poner un horizonte, un objetivo, hacia los cuales dirigir sus esfuerzos. También son un instrumento ágil y atractivo para comunicar a los legos tanto los avances de la ciencia como las proyecciones futuras de la misma. Sin embargo, los modelos predictivos son lo que son y fallan lo que fallan. Sus resultados hay que tomarlos con cautela. Y todas las acciones políticas y sociales que se implementen en base a los resultados de estos modelos deben ser, ante todo, mesuradas, supervisables y, sobre todo, reversibles: no sea que hayamos tomado decisiones políticas erróneas basados en predicciones inexactas.