Tiranía, totalitarismo y dictadura epistémica (y III)

El dictador totalitario, al contrario del tirano antiguo y del napoleónico, busca encarnar en su figura aquellos objetos de poder que, bien se sitúan fuera de la esfera política, bien la Política no es capaz de manejar eficientemente. Y, de este modo, se crean ideologías cuya misión no es ya la de controlar la Tradición y el Mercado, sino en convertir a la Política en Tradición y Mercado. Eliminar todo intermediario en el control social; gobernar desde un único asiento los cuerpos, almas y objetos de los ciudadanos.

Pero el dictador totalitario erra en su intento monopolizador. Su búsqueda del control absoluto queda restringido a unas pequeñas zonas acotadas de estos poderes. Porque la Tradición va más allá de patrias e iglesias. En la Tradición se engloban un innumerable número de prejuicios y mores que van mucho más allá de los códigos legislativos que un totalitario o  el máximo responsable de una iglesia puedan decretar. Como parademocrática que es, la Tradición no pertenece en exclusiva a una institución de poder vertical, como lo puede ser un gobierno o la Iglesia. Sí pueden (y así lo hacen) influir decisivamente sobre ellas, pero a sabiendas de que todas las personas incluidas en la sociedad detentan una cuota de participación en ese poder. Un totalitario o un papa nunca obtendrá un control absoluto de la Tradición. Es más, probablemente, tampoco sea capaz de capitalizar una cuota tan grande que le permita manejar  la Tradición a su antojo. Lo mismo sucede con el otro poder parademocrático: el Mercado. Las regulaciones económicas que un gobierno puede llevar a cabo a golpe de ley no son capaces de controlar todos y cada uno de los intercambios de objetos. Entre otras razones, porque no todo es monetizable. Las aduanas, los impuestos y las acciones del mercado de valores representan una ínfima parte de los intercambios que, todos los días, se dan en cualquier sociedad.

El totalitario fracasará porque actúa creyendo que él encarna todos los poderes de control social, cuando en realidad solo maneja a su antojo el poder político, que es el único no parademocrático. Borracho de poder, el totalitario será incapaz de percibir todos aquellos movimientos de cuerpos, almas y objetos que se escapan a su férreo control. Si los descubre, actuará implacablemente, pero no para arrebatar a esos díscolos súbditos esa parcela de poder que hasta entonces se le escapaba de las manos. La represión totalitaria no es  castigo-confiscatoria, sino destructora. El totalitario ya ha arrebatado a la sociedad todo el poder con el que se puede investir: todo lo que queda fuera de sí mismo tiene que ser aniquilado.

Los totalitarios contemporáneos saben de las limitaciones de la Política. El control absoluto no se puede obtener a través de ella: ni al modo antiguo (a través de su monopolio y la creación de lazos de unión con la Tradición y el Mercado), ni al modo totalitario (mediante el apoderamiento de la Tradición y el Mercado a través de la Política). Es preciso, pues, acudir a lugares más profundos del control social para descubrir mecanismos tiranizadores más eficaces y menos propensos a crisis sociales y rebeliones. Hay un territorio inexplorado, no-consciente, que conforma una tupida base a partir de la cual se levanta todo el orden social: las tecnologías del poder, del deber, y del permitir. Demasiado impenetrable, demasiado alejado del día a día de la vida en sociedad, pero cuyo control permitiría un manejo dócil y adiestrado de una sociedad completa, sin que ninguno de sus miembros tuviera, ni siquiera, la percepción consciente de que se ha convertido en un títere de un caudillo.

A camino entre estas tecnologías y la Política se ubica la episteme: el marco de conocimiento sobre el cual se estructura todo el conocimiento manejado por las personas. El conocimiento que alberga, o que puede albergar dentro de ese marco es absolutamente consciente, pero no lo son tanto los límites positivos y negativos del mismo. Una sociedad, en un punto fijo del tiempo, no es capaz de discernir esos límites, simplemente, porque considera que toda su producción cognitiva es correcta, a la vez que todo lo que queda fuera de la epísteme se envía, de modo automático, al pozo de la marginalidad y la locura. Si la episteme marca qué pensamiento es correcto y cual incorrecto, y yo vivo dentro de un marco epistémico, difícilmente voy a poder juzgar supraepistemicamente, esto es, independientemente de esos límites, el valor e importancia de una cogitación.

La episteme es dinámica. Más que datos, representa el ordenamiento y la relación con los que esos datos van a estructurarse e interrelacionarse para dar lugar así a la matriz de conocimiento. No puede observarse en un punto estático de la historia del pensamiento, sino que exige realizar un análisis arqueológico, comparando diferentes formas de pensar en diferentes momentos históricos. Es entonces cuando aflora el modo de transformarse nuestras opiniones acerca de lo válido y lo inválido, lo correcto y lo erróneo, lo sano y lo enfermo.

Los tiranos y, sobre todo, los totalitarios, han tratado de influir y manipular la episteme a través de maquinarias de propaganda más o menos desarrolladas. Alteraban la episteme sin que esa modificación significara una fagocitación de la misma por parte del poder político. Así como los tiranos antiguos hacían uso de la Tradición y el Mercado, sin necesidad de apoderarse de ellos, también manejaban la episteme sin buscar una absorción monopolística de la misma.

Existe actualmente una tercera vía hacia la dictadura, y esta ya no viene a través de la Política, como sucedía con los tiranos y los totalitarios. Conocedores, o no, de que en el control social juegan un papel importante una serie de mecanismos que no pueden ser manejados con eficacia desde los gobiernos y los estados, los dictadores contemporáneos anhelan el poder absoluto desde fuera de ese ámbito de poder político. Grandes imperios económicos y tecnológicos aprovechan la potencia de cálculo de los superordenadores para, a través de las redes sociales e internet, recopilar cientos, millones de datos acerca de la vida, los deseos, las opiniones de los individuos que las utilizan. Y así, a través de complejos algoritmos, generar un espacio controlado de información que es ofrecido a estos individuos. Sus pensamientos, sus opiniones, su libertad, quedará encerrada en ese espacio de información que, aunque pueda parecer ilimitado, posee unos límites muy bien definidos que nunca llegarán a ser rebasados, primero, porque nadie tiene la conciencia de información restringida, y segundo, porque la avalancha masiva de datos-basura hace imposible un juicio crítico de los mismos.

La dictadura epistémica se trata de una tiranía light donde los gobernantes, ya no solo se adueñan de los cuerpos (como en el caso de los tiranos antiguos), o de cuerpos, alma y objetos (como en el caso de los totalitarios), sino también de ese espacio entre lo consciente e inconsciente, que está en la base de toda cogitación, y que es el marco a partir del cual generamos todos nuestros pensamientos, deseos y opiniones. No son necesarios poderosos cuerpos policiales o crueles tribunales eclesiales para ejercer el control sobre la sociedad y los individuos. Si se impusiera tal dictadura,  áctuaríamos, pensaríamos e intercambiaríamos objetos utilizando como sola referencia un marco común de conocimiento diseñado a capricho por las grandes corporaciones industriales. En el seno de la dictadura epistémica se vive en jaulas de barrotes de oro, donde el preso no solo no es consciente de su propio encierro, sino que además se rebela contra todo aquel que rebata su supuesta libertad.

Ahora bien, la dictadura epistémica, como la tiranía antigua o el totalitarismo moderno tiene sus limitaciones ejecutivas. Tal vez se apropien de la episteme, pero siempre quedarán resquicios emocionales, animales, instintivos que ni siquiera un monopolio absoluto del marco de conocimiento (lo cual dudo que algún día pueda llegarse a obtenerse) jamás alcanzará a domar. Y es a través de este resquicio, de este punto débil, que, tal vez, si algún día la dictadura epistémica llega a dominar nuestras vidas, tarde o temprano fracasará.

 

El trágico destino del centro político

Acabamos de asistir a unas elecciones donde un partido político que se posicionaba, teóricamente, en el centro liberal, ha sufrido un  varapalo tan tremendo que lo ha dejado al borde de la extinción. Digo teóricamente situado en el centro liberal porque, en sus inicios, Ciudadanos (C’s) hacía gala de una capacidad de diálogo a izquierda y derecha, de una política social progresista, de un programa económico liberal, y de un alejamiento de las tesis nacionalistas conservadoras (independiente del “apellido” que se pusiera a ese apelativo: catalán, vasco, español…). Ya antes de las elecciones generales de abril de 2019 C’s había virado a posiciones mucho más de derecha: eliminación de conversaciones con partidos de izquierda, apoyo de medidas sociales conservadoras propuestas por el PP, adopción del nacionalismo español como carta de presentación del partido… hasta el punto de que a C’s le era más asumible apoyar, o dejarse ser apoyado por un partido de extrema derecha como lo es Vox, que por un partido socialdemócrata como el PSOE. Aun así, a pesar de las cavernas propagandísticas que tratan de encasillar a los adversarios con los atributos más abyectos (nazi, fascista, batasuno, estalinista, maoista…), y que consideran a C’s como un partido de ultraderecha, es cierto que aún hoy todavía C’s conserva en su programa electoral un cierto aroma de centrismo.

No hay duda de que una de las razones del fracaso de C’s ha sido ese viraje hacia la derecha que inició tras la moción de censura de Pedro Sánchez de la primavera de 2018. La caída de Mariano Rajoy, las sentencias condenatorias por corrupción contra el mismo PP, y la toma de riendas de este partido por Pablo Casado, un político inexperto, y con el dudoso honor de ser el único graduado en derecho que se ha sacado el 70% de una carrera de 5 años en dos, abrieron el bote de la codicia de C’s. Este vio en ese PP malherido un jugoso nicho electoral. C’s se alejó del centro porque quiso aniquilar al PP. Y casi lo consiguió, pues en abril de 2018 se quedó a 9 escaños del famoso sorpasso. La estrategia de derechización de C’s había, por lo tanto, tenido éxito. Hasta entonces.

Sin embargo, posteriormente, C’s cometió el error de atarse demasiado al destino político del PP. Albert Rivera se comprometió a apoyar solamente a un gobierno en el que estuviera Pablo Casado de presidente. Y eso a pesar de que C’s tenía en sus manos la constitución de un gobierno, gobierno sólido además, con mayoría absoluta, dirigido por Pedro Sánchez. Albert Rivera se empecinó en fagocitar al partido conservador. Pero, a medida que lo comía, C’s se iba pareciendo cada vez más al PP, hasta el punto de que ya no había apenas diferencias estratégicas entre uno y otro partido.

De lo que no se dio cuenta Albert Rivera es que todo centro político, independientemente del país donde participe políticamente, sufre de una maldición inevitable, y que se puede definir en pocas palabras como la falta de base sólida de votantes. Todo partido de centro tiene que saber que aquellos que les votan pueden no hacerlo en las siguientes elecciones. El centro no puede desarrollar un contenido ideológico-identitario sólido para atraer y fidelizar. Razones de ello hay varias:

  1. Como moderados que se supone que son, no pueden utilizar el insulto, la descalificación, la fake news contra el adversario.
  2. El centrista no agita banderas, ni identidades segregadas, sean estas autonómicas o nacionales.
  3. No existen biblias centristas que, como “El capital” de Karl Marx o “El camino de la servidumbre” de Friederich Hayek, ayudan a construir un cuerpo ideológico sobre el que los adeptos puedan sentir que sus opiniones son no-contradictorias.
  4. Están obligados a hablar y pactar con todos los partidos no extremistas, lo cual provocará reacciones adversas de uno y otro lado.
  5. En el momento en el que los centristas insultan, mienten, agitan el miedo al “otro” o prefieren pactar con extremistas que con moderados, dejan de ser de centro, y es en ese momento cuando quedan en evidencia a los ojos de los ciudadanos (si no, que se lo digan a Albert Rivera).

El trágico destino del centro político en Europa es el de ser un instrumento de quita y pon; ahora sirves, ahora no. Ahora obtienes un rédito electoral que te envalentona; ahora te hundes en la pura insignificancia con 10 miserables escaños. Mientras no se acepte este destino, y los partidos políticos de centro no asuman su inevitable falta de base social, vivirán los éxitos y los fracasos como si se trataran de los tradicionales partidos fuertemente ideologizados, que basan su estabilidad casi inquebrantable en la existencia de un electorado fiel, quizás no a un partido, pero sí a unas banderas, una identidad nacional, a un credo político; un granero de votos más o menos estable que siempre estará ahí, independientemente de los malos datos económicos, las noticias de corrupción o los deslices de los líderes políticos. El centro será útil siempre que acepte su papel de intermediario, de moderador de opiniones, de relajador de crispaciones. Y siempre que asuma que habrá veces que ese papel le aupará al gobierno, del mismo modo que le podrá hundir en el olvido. El centro puede, y podrá ser el lugar desde donde se tomen medidas políticas y sociales a medio-largo plazo, sean estas populares o demonizadas por los ciudadanos, a sabiendas que la existencia de ese partido siempre estará amenazada a corto plazo. Hacer, pues, política de futuro sin pensar en el futuro de aquellos políticos que la hacen.

Tiranía, totalitarismo y dictadura epistémica (II)

El tirano napoleónico poco difiere del antiguo: toma el control de la parte política del poder social, se ocupa y preocupa de perpetuarse en él; busca el modo de arrebatar a Tradición y Mercado de todo poder político que estas, en sus interacciones con la Política, puedan haber arrastrado; e intenta influir sobre estos poderes parademocráticos para que se alineen lo más próximos a sus deseos y necesidades. Sin embargo, un nuevo modo de control político nacerá a partir de este tirano napoleónico: el totalitarismo. Este ya no aceptará la división de poderes de control social (Tradición, Política y Mercado), y tratará de integrarlos alrededor de su figura.

En el totalitarismo la Tradición ya no trabaja a las órdenes del tirano: el tirano es la Tradición. El desarrollo del historicismo y de los nacionalismos supuso la adopción de la idea de patria como símbolo de unidad entre las personas que viven dentro de un estado-nación. Esa patria fue diseñada a partir de moldes míticos, cuando no místicos. No solo sustituyó en muchos aspectos a la idea de dios, sino que también generó una auténtica religión de estado, cuyas repercusiones aún hoy en día vivimos y sufrimos. Con la mistificación de la patria, el tirano totalitario ya no precisa de la Iglesia para manejar los engranajes de la Tradición: el tirano se convierte en el representante de la voluntad de la patria. Omnisciente, sabe todo lo que ella necesita. Oponerse al tirano significa situarse en contra del pueblo, de la nación: quien ataca al totalitario es excluido de la sociedad edificada sobre el culto a esa supuesta nación.

El tirano antiguo o napoleónico, desde su posición ventajista, siempre ha influido sobre el Mercado. El control de aduanas, las levas de impuestos, los monopolios sobre ciertas industrias, o la creación de fábricas nacionales permitían un uso controlado de este poder parademocrático. El Mercado se ponía al servicio de la Política, pero jamás se confundieron Mercado y Política. Tan solo a partir de las primeras teorías científicas de la economía la Política pudo, como Crono con sus hijos, devorar al Mercado e integrarlo en el interior de su estructura de poder. La dictadura comunista que sufrieron, y aún sufren, diversos países es un claro ejemplo de totalitarismo donde se trata de jibarizar el Mercado a expensas del crecimiento desaforado de los poderes políticos del tirano.

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Artur Mas, ejemplo de político que se cree representante único de la voluntad de un pueblo (Fuente: La Vanguardia)

Pero Tradición no solo es Iglesia. No solo es culto a mitos nacionales hipertrofiados por la pluma de los historiadores que comen de la mano del poder. La Tradición es un poder parademocrático, y siempre lo será. Es la sociedad ejerciendo de árbitro para proteger, no al individuo, no al tirano, no al sacerdote, sino a la sociedad misma. Los objetos de la Tradición no existen porque los haya dicho el Papa, o porque aparezcan en un libro de texto de historia adoctrinadora para educación infantil, sino porque son útiles a la sociedad que, a través de ellos, asegura su propia supervivencia. Las leyes tradicionales van más allá de la sharia o de la barretina bajo la cual el tal Quim Torra disimula sus carencias democráticas. La Política jamás podrá dominar toda la Tradición, pero el totalitario gobierna con la asunción de que él es la Tradición. Y, cuando un gobernante desconoce los límites de su propio poder, suele acabar bien pegándose un tiro en la sien, bien su cadáver expuesto en una plaza pública, como sucedió a Benito Mussolini

Del mismo modo, el Mercado no son solo aduanas, impuestos, fábricas. El Mercado rige todo el intercambio de objetos físicos y teóricos que se da en la sociedad, sean estos o no monetizables. La Política puede llegar a adueñarse de lo monetizable, pero siempre quedará una cantidad nada desdeñable de intercambios de los que nunca jamás podrá ni siquiera conocer su existencia. La ausencia de autoridad sobre esos intercambios no monetizables impedirá al totalitario ejercer un control absoluto sobre el Mercado. Si actúa con la convicción de lo contrario, acabará arrastrando al país a la mayor de las ruinas.

El totalitarismo no es más que el uso torticero de los resultados de la aplicación del método científico a las Ciencias Humanas. Economistas como Adam Smith y Karl Marx nos convencieron de que la economía podía ser manejada con el mismo rigor científico que la física o la química. Sociólogos e historiadores historicistas y positivistas creyeron que la condición humana podía ser reducida a ecuaciones y fórmulas. Los resultados de esas investigaciones fueron considerados, ya no solo válidos, sino objetivamente verdaderos, y se emplearon de modo generalizado a ámbitos cada vez más amplios de la política. Los totalitarismos nazis o estalinistas están construidos sobre el cientifismo. No solo el sueño, como decía Goya, sino también la vigilia de la razón produce monstruos. Es así que, a través de la llamada al rigor científico y al progreso continuo de la Humanidad, se han desencadenado los regímenes políticos más perversos e inhumanos de la historia, los cuales se creían con la capacidad, no solo de monopolizar el poder político, sino también de usurpar las funciones que, en otros tiempos, desempeñaban el Mercado y la Tradición.

Aitor Esteban vs. Pablo Abascal

 

Me parece muy bien que Aitor Esteban haya negado el saludo a Pablo Abascal. Yo también lo habría hecho. También se lo habría negado a Arnaldo Otegui y sus secuaces. Y me lo pensaría dos veces antes de dar la mano a gente como Quim Torra (en este caso, dependería de las circunstancias del encuentro).

Ahora bien, por muy filofascista que sea Vox, no hay que olvidar que hay otro tipo de racismo, mucho más blando, más integrado en nuestra sociedad pero que, por ser racismo, es igual de denunciable.

Si alguien de otra comunidad autónoma viene a vivir al País Vasco se va a convertir, de facto, en ciudadano de segunda clase. Porque no va a poder optar a un puesto en la administración pública: no va a tener la más mínima oportunidad de pasar una oposición, por extremadamente preparado que esté y por mucha experiencia que tenga en su disciplina laboral. Si, por alguna circunstancia es necesario, lo contratarán, firmará un contrato de mierda y, cuando aparezca un pimpollo con título de euskera se irá directamente a la calle, independientemente de que ese pimpollo euskaldún sea un inútil. Lo importante es el título de euskera, da igual que hable bien o mal ese idioma. En esta sociedad, el Gobierno Vasco utiliza el EGA y el perfil 2 de euskera como estrellas de David inversas: quien no las tiene queda marcado administrativamente.

En el colegio, sus hijos solo podrán optar a un modelo lingüistico en el cual el recien llegado no podrá ayudarles en los deberes y, en caso de que los niños tengan algún problema de aprendizaje, van a ir de culo cuesta abajo. Sí, le ofrecerán la posibilidad de escolarización en castellano, pero solo en colegios que gente como Aitor Esteban se ha preocupado en convertir en guetos donde los profesores no aguantan ni dos meses antes de coger la baja por depresión.

Las altas esferas políticas y de administración están copadas por apellidos vascos. Si te apellidas García, que es el apellido más frecuente en el País Vasco, date por jodid@. No lo digo yo, lo dicen las estadísticas.

Entre otras muchas, una de las diferencias que separan a Santiago Abascal y Aitor Esteban radica en que, mientras el primero tiene como objetivo principal en su acción política el “Spain First” (como el “America First” de Donald Trump), el segundo hace décadas que ha alcanzado su “Euskadi First”.

Todo nacionalismo, independientemente de la bandera que agite, contiene un poso de racismo mejor o peor digerido; más o menos evidente. No existe una identidad vasca, española, catalana, canaria… La identidad es un concepto singular, individual e intransferible. La identidad no puede ser plural, agregante, indiscriminada. Pero el nacionalista no lo entiende así.  En el momento en el que el tal Torra dice “nosotros los catalanes somos…” está indicando una ruptura, una escisión, entre unos (los catalanes), y los otros (los no-catalanes). Si “nosotros los españoles somos honrados”, estamos señalando que la honradez es un hecho diferencial con respecto a los no-españoles, a los que, aunque sea de manera disimulada, consideramos mala gente. Cuando Aitor Esteban alude, a veces a “nosotros los vascos”, tengo la sensación de que  excluye, invisibiliza y amputa una parte de la identidad multívoca, compleja e inabarcable de cientos de miles de ciudadanos vascos.

Santiago Abascal y Aitor Esteban utilizan las mismas armas, pero de manera diferente. Frente al racismo sin disimulo del que hace ostentación el dirigente de Vox, el diputado nacionalista vasco manipula a la ciudadanía, con sosiego y grandes dosis de diplomacia, hasta el punto que muchos de aquellos que, en nombre de la defensa de una supuesta identidad cultural, son marginados, defienden hasta con uñas y dientes a esa aristocracia racial que dirige y controla sus vidas.

No, Aitor Esteban: no eres tan diferente de Santiago Abascal como nos quieres hacer creer. Eso sí: nunca te negaría la mano.

Secreto y otredad

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La pesca de ranas. Adolphe Bouguereau (1825-1905)

Quien queda fuera de lo que guarda un secreto siente que esa información velada posee un gran poder de influencia sobre su vida. Si el secreto no fuera tal, si nunca hubiera recibido ese apelativo, su contenido no sería considerado tan importante. Tal vez, incluso, esa misma persona rechazaría u obviaría esos datos por baladís y accesorios. Por lo tanto, no solo es el contenido, sino su también el atributo de hermetismo que lleva implícito, lo que confiere al secreto esa capacidad de excitación de las mentes desterradas del mismo.

Alguien sabe algo importante de mí y, por la razón que sea, no me deja acceder a ello. Una persona ajena a un secreto va a sentir que el contenido del mismo puede ponerla, de una u otra manera, en peligro. Creerá que, si accediera a esa información, probablemente, neutralizaría el poder negativo de la misma.

Y así, la persona excluida del secreto, sintiéndose amenazada, se protege. Pero no sabe hasta qué punto es importante la información; ni siquiera que aspectos de su vida implica. Por ello, suele tomar una estrategia de defensa que tenga en cuenta “el peor de los casos imaginable”. Así, imputa a la información secreta el máximo de importancia vital. De este modo prepara defensas psicológicas o físicas, para estar preparada en caso de que el contenido, en esos momentos aún velado,  se vuelva real  y manifiesto. Lo secreto se convierte así en una amenaza; no por la información que contiene, sino por la ausencia de transparencia. La condición de secreto, como la RAE, “limpia, fija y da esplendor” a los datos contenidos en el mismo.

La otredad, por su parte, no tiene por qué ser secreta. Puede mostrarse de manera impúdica a toda la sociedad; toda persona puede tener libre acceso a la misma. Sin embargo, la otredad, por muy abierta que se presente, no es completamente comprensible por todas las personas. Puede, incluso, quedar fuera del área de consenso de la verdad hasta el punto de aprehenderse como una “mentira”.

La otredad es amenazante porque no se comprende. Y si yo no entiendo una cosa, por muy pública que esta sea, se comporta del mismo modo que un secreto. Si el secreto cierra a la persona el acceso, la otredad limita el entendimiento. Es, por lo tanto, comprensible el miedo que la sociedad, cualquier sociedad, siente frente a la otredad: frente al extranjero, que habla un idioma incomprensible; frente a la tradición de tierras lejanas que no casa con las nuestra; frente a una visión del mundo incompatible con nuestras cosmogonías. Todo ello, aunque no se comporte en modo alguno como secreto,  y no se nos oculte deliberadamente, se vive como una amenaza.

Es comprensible, por lo tanto, ese sentimiento primitivo de miedo a los otros. Sería sano aceptar que todos nosotros, en cualquier momento de nuestra vida en sociedad, podamos sentir temor frente a una persona que consideremos ajena a nosotros mismos.  No hay que sentirse culpables, no hay que fustigarse: nadie es racista, xenófobo o intolerante por el hecho de sentir miedo por la otredad. Tampoco hay que anular y autocensurar ese miedo: el hecho de ser plenamente conscientes del mismo permite actuar sobre él, controlarlo, depurarlo e intelectualizarlo.

Que sea un sentimiento comprensible (y natural en la psique humana) no significa tampoco que haya que permitir su libre circulación por nuestras mentes; que todos poseamos un potencial racista, xenófobo e intolerante no significa que tengamos que explotarlo y hacer uso del mismo. Es más, el populista se aprovecha de ese miedo tan humano, tan vibrante, tan a flor de piel como lo es el miedo a la otredad, y le confiere un atributo de normalidad. Aquellos que son incapaces de manejar ese miedo verán en el populista una excusa para normalizarlo e introducirlo en sus vidas como un elemento constitutivo sano de sus opiniones.

Cuidado con el manejo de las otredades. De la censura del buenismo castrador, que desprecia e insulta al que declara en público su miedo por la otredad, a la apología del populista manipulador solo hay una delgada línea fácilmente traspasable.

 

Racistas xenófobos de mierda

67881994_2318891191659836_8622656225546338304_n.jpgQuizás, antes de insultar en un tweet estas opiniones, habría que analizar un poco las razones por las que algunas personas expresan ideas del tipo “… pues llévatelos a tu casa”. Porque seguramente, entre ellos, habrá algunos “racistas xenófobos de mierda”, pero, muy probablemente, la inmensa mayoría no lo son.

Un claro ejemplo es el de las narcosalas. Necesarias para mejorar la calidad de vida de los drogodependientes, y evitar situaciones límite de sobredosis, infecciones por vía parenteral y envenenamientos por mala calidad de la droga que en los años 80 eran tan comunes.¿Quién quiere tener una narcosala en el local de debajo de su casa? ¿Quién prefiere que abran una biblioteca, una clínica dental o una pastelería?

Pues las narcosalas, socialemente necesarias, pero también potenciales fuentes de conflictos sociales, no se suelen abrir allí donde tal vez resultarían más útiles: en los centros de ciudad, que suelen estar bien conectados a través de autobús, metro, tranvía… Y es que estos son barrios gentrificados, donde se afinca la burguesía y se abren cada vez más apartamentos turísticos. ¡Qué feo poner una narcosala al lado de un Starbucks o de la tienda de Louis Vuitton!

Las clases más modestas, incapaces de hacer frente a los alquileres y a las hipotecas de los centros de ciudad, tienen que retirarse a barrios peor conectados, con peores servicios y, generalmente, con mayores problemas sociales. Es allí, en los barrios modestos, donde las autoridades instalan esas narcosalas. Aunque al heroinómano las pase canutas encontrando la calle, aunque no haya metro ni tranvía, aunque no haya siquiera ningún foco de drogadición histórico en la zona… El alcalde, o alcaldesa, no tendrá reparos en inaugurar una narcosala al lado de la carnicería halal de Mustafá o de la librería de barrio que está a punto de cerrar por culpa de amazon.

Los vecinos se enfadarán. Ya tienen suficientes problemas como para que les metan otro más. Y muchos dirán “que abran la narcosala en la casa del alcalde”. Entonces se les tildará de ignorantes, insolidarios, malos ciudadanos… de mierda.

Esos insultos casi siempre los vertirá un burgués instalado en la superioridad moral que le otorga el saber que esa narcosala nunca será abierta en los bajos de su bloque de viviendas, donde acaban de inaugurar un Apple Store.

Entonces, esos vecinos, expulsados de los centros de ciudad por la especulación inmobiliaria, y limitados geográficamente a su “ghetto” por la falta de transporte público y porque no se pueden permitir adquirir un coche ecológico AA+ que les abra calles limitadas al tráfico “verde”, se sentirán insultados, menospreciados y humillados. Pero en vez de lanzar su odio hacia el directivo de banca que vive plácidamente en el barrio de Salamanca, conduce un Tesla megaguapo y megaecológico, y se puede permitir ir en metro a cualquier punto de Madrid, el vecino de la barriada humilde cargará contra ese toxicómano que ni le ha insultado, ni le ha robado, y está tan harto como él de tener que acudir día tras día a una narcosala tan remota.

De esta manera, cuando alguien, por el hecho de expresar un sentimiento, recibe como sola respuesta “racista xenófobo de mierda” puede que, después, busque consuelo en aquellos que, aparentemente, le comprenden y apoyan. Aquellos que nunca le humillarán porque haya dicho “… pues llévatelos a tu casa”. Aquellos que, incluso, con sus declaraciones públicas, le darán la razón. El problema es que esos que entienden y apoyan al vecino del barrio humilde son los verdaderos “racistas xenófobos de mierda” que, como Vox, están creciendo en todos los países de Europa. Y eso gracias, entre otras razones, a que la izquierda cada vez se encuentra más encaramada a una superioridad moral, de la cual es muy difícil descender para escuchar y tratar de entender a aquellos que no son capaces de estar a su altura.

El vegetarianismo, o cómo se amplía un dispositivo de control social

La dieta humana es un ejemplo de instrumento cultural mediante el cual las personas hemos superado las limitaciones a las que nos sometía la dieta natural. Gracias a ella, ha mejorado nuestra calidad de vida y posibilidades de supervivencia. La aplicación del calor para cocinar, el uso de cubiertos o las técnicas de refrigeración para la conservación de alimentos suponen una tremenda ventaja en términos de aprovechamiento, higiene y almacenamiento de víveres. Se trata de un conocimiento que no está de ninguna manera inserto en nuestro código genético. No nacemos sabiendo freír un huevo; a lo máximo, seríamos capaces de abrirlo para consumir su contenido en crudo. Un grupo de personas a los que se les aísle de la sociedad desde pequeños nunca aprenderán a cocinar, comer con palillos o guardar sus alimentos en condiciones de frío. Se precisa, pues, de otro sistema de almacenamiento y transmisión de datos diferente al que todos nosotros poseemos en nuestro ADN: la sociedad.

Sin embargo, como intentamos demostrar en un artículo anterior, la dieta humana es también un dispositivo de control social. Por ejemplo, a pesar de que esta nos podría ofrecer un elenco de opciones culinarias mucho más amplio que el que poseemos, se nos cierran ciertas puertas a nuestra alimentación: no podemos comernos los unos a los otros, pero tampoco perros, cucarachas o larvas de insecto (por lo menos, en la cultura gastronómica europea); existen controles políticos y tradicionales a la hora de seleccionar los ingredientes de nuestros platos (medidas higiénico-sanitarias, tasas aduaneras, lo kosher y lo halal, intervención sobre poblaciones a través de hambrunas sistematizadas…). Todo objeto cultural que haya tenido éxito a lo largo y ancho de la historia de la sociedad contiene o forma parte de un dispositivo de control social. Y la dieta no es una excepción.

Durante los últimos años han venido a ponerse cada vez más de moda diferentes variedades de dieta vegetariana. Desde las más radicales, como el crudiveganismo, hasta formas fustres de vegetarianismo (pollo-vegetarianismo, pescatarianismo…). Las razones por las que una persona decide adoptar alguna de estas dietas son muy diversas: desde motivos éticos-morales (la dieta vegetariana, si bien no eliminaría, si mitigaría de cierta manera el sufrimiento de los animales. En el caso de la dieta frugívora, incluso, se respetaría la vida de las plantas), hasta motivos higiénico-sanitarios (se relacionaría la dieta vegetariana con unos supuestos mejores índices de salud), pasando por económicos, ecológicos o políticos.

El vegetarianismo moderno es posible gracias a los avances tecnológicos en agricultura. Una dieta sin productos animales exige una amplia gama de productos vegetales que solo pueden ser obtenidos de manera intensiva gracias a las mejoras técnicas en los cultivos. Sin alimentos vegetales de calidad, variados y baratos no se podría, de ninguna manera, democratizar la actitud vegetariana; esta quedaría limitada a los más ricos. Si una ley prohibiera de facto comer carne sin aportar una alternativa vegetariana justa, se pondría en riesgo la salud de los más pobres. No solo eso; el vegetarianismo moderno ha precisado de concienzudas investigaciones médicas sobre fisiología humana y nutrición, gracias a las cuales hoy en día se conocen los efectos nocivos de la falta de producto animal en la dieta, así como los modos de evitar estas enfermedades carenciales (por ejemplo, la avitaminosis B12).

Si mejor o peor, el vegetarianismo es un avance en la dieta humana. Precisa de una serie de actitudes de control por parte de la persona que decide adoptar este tipo de alimentación: evitará acudir a ciertos restaurantes, leerá con atención los envases de los productos elaborados que adquiera, avisará a los anfitriones de una cena sobre sus requerimientos dietéticos… En fin, el vegetariano limitará su área de libertad alimentaria a través de un mayor o menor autocontrol. Y es que el vegetarianismo, en principio, amplía el dispositivo de control social por decisión propia del individuo. No existe una sociedad que le empuje indefectiblemente y sin posibilidad de oposición hacia una u otra dieta. La ampliación del control del vegetariano se realiza por mecanismos de autocontrol. Es cierto que existen grupos sociales vegetarianos, a los que cualquiera se adhiere libremente, y donde  los diferentes miembros intercambian experiencias dietético-culinarias, que pueden provocar cierto sentimiento de vigilancia. Sin embargo, estos grupos de ninguna manera actúan como instrumentos de control social exógenos al individuo; como mucho, la persona, tal vez para limitar la ansiedad, decide externalizar parte de ese autocontrol dietético al grupo social como forma de un mecanismo psicológico de proyección. Huelga decir que, excepcionalmente, sí podrían darse casos de sectas religiosas que hagan uso de la dieta vegetariana para controlar a los adeptos. Pero, afortunadamente, son casos aislados.

Pudiera suceder en el futuro que el vegetarianismo, transformado en ideología, imponga a la sociedad sus criterios de alimentación en base a argumentaciones etico-morales, ecológicas, políticas, económicas o de índole higiénico-sanitario. Como toda mejora tecnológica de un objeto cultural, no se observaría como una atadura, una reducción del espacio de libertad individual. Así como el férreo control al que nos hemos encadenado, voluntariamente, con el uso de las tarjetas de crédito (y no digamos con el pago por reconocimiento facial que no tardará en llegar) o los smartphones, es percibido como una comodidad, la dieta vegetariana políticamente impuesta sería recibida feliz y alegremente por gran parte de la población. Nos sentiríamos moralmente superiores a los comedores de cadáveres de animales contemporáneos, y nos preguntaríamos cómo, en épocas pasadas, la sociedad podía ser tan retrógrada como para considerar un manjar el chuletón a la piedra o las ancas de rana. Creeríamos que, con nuestra modernísima dieta estrictamente vegetal, habríamos alcanzado cotas de salud nunca vistas en la Humanidad. Achacaríamos al cierre de granjas animales la reducción del contenido de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Pero nunca, jamás, sentiríamos que esa nueva dieta, basada única y exclusivamente en alimentos de origen no animal, se trata de una nueva versión actualizada de un dispositivo de control social con el que se reduce, muy ostensiblemente, muestra área de libertad individual.

La conquista del polo Norte en dos tragedias,una novela y un éxito

Hace 150 años Europa vivía el auge del nacionalismo, imperialismo y colonialismo. Al romanticismo que emanaba del explorador que se enfrentaba a las fuerzas de lo desconocido, se unía el interés de las naciones por aumentar el número de territorios bajo su jurisdicción. Los rincones más recónditos de América, Asia y África ya habían sido visitados. Lo mismo sucedía con Oceanía: cada vez era más difícil descubrir nuevas islas tras el ingente trabajo expedicionario de españoles y portugueses durante los siglos XVI-XVII. La mirada del aventurero romántico-nacionalista se dirigía a los polos, las últimas fronteras de lo incógnito.

Como Europa se sitúa en el hemisferio Norte, era lógico que ese polo fuera el más ambicionado. Además, aún sin un canal de Panamá operativo, existían intereses comerciales y estratégicos en encontrar un paso septentrional entre los océanos Atlántico y Pacífico, con el que evitar el largo viaje por el sur a través del estrecho de Magallanes. Los barcos balleneros ya habían cartografiado parte de ese territorio azotado por las tempestades y el hielo. Faltaba solo que puñados de exploradores se pusieran al mando de sus naves y surcaran esas aguas desconocidas.

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El HMS Victory de John Ross. El primer barco a vapor que exploró los territorios del Norte (fuente: Slings and Arrows)

Tal vez hubo dos elementos que propiciaron estas exploraciones. El primero fue un mini-calentamiento global que acaeció a principios del siglo XIX y propició la aparición de agua libre en zonas donde, hasta entonces, solo se había detectado hielo perpetuo. Por ejemplo, la bahía de Baffin, descubierta en 1585 por John Davis no pudo ser navegada hasta casi 250 años más tarde. El vapor fue el segundo elemento que revolucionó la exploración ártica: gracias a él los barcos podían atravesar zonas heladas que, con el solo uso de la vela no podrían superarse salvo si se daba la suerte de que el viento soplaba a favor. En vez de pasar meses anclados en icebergs hasta que se produjeran circunstancias favorables, los exploradores podían echar un pulso a las masas de hielo  con las hélices movidas por el motor de Watt. Así, John Ross fue el pionero que introdujo esta nueva tecnología en la exploración ártica, en su barco Victory.

Era una época de razón y racismo. Los europeos, creyéndose en posesión de una verdad indiscutible porque había sido obtenida a través de métodos empíricos y científicos, desdeñaban todo aquello que pudiera venir de otros pueblos. Así, al habitante del norte, vulgarmente llamado “esquimal” (comedor de carne cruda), se le consideraba un ser inferior, del cual no podía obtenerse información útil alguna para la consecución de los fines exploratorios y, lo que es más importante aún, de la supervivencia en condiciones de extremo frío. Ante el reto civilizador que se imponía esa Europa, los exploradores debían llevar al Norte el modo de vida que en aquellos momentos se llevaba en el continente. Así no era extraño encontrar en sus barcos imponentes juegos de te, vestimenta de banquete y ceremonia y otros objetos que hoy en día se considerarían superfluos en cualquier viaje hacia estas regiones.

Una tragedia encendió aún más la llama exploratoria de estas regiones. Actualmente se trata de una historia bastante conocida, pues de ella se ha hecho incluso una serie televisiva, en la que se mezcla sucesos reales con fantásticos. La expedición Franklin, con sus dos naves, el HMS Erebus y el HMS Terror desapareció misteriosamente en su exploración del Océano Ártico. Más que las escenas dantescas de envenenamiento, locura y canibalismo que sufrieron los malogrados miembros de la tripulación (y que avivan el morbo por la expedición Franklin), lo que sí interesa son las decenas de expediciones posteriores que, por tierra y mar, trataron de encontrar pistas que dieran con alguna de las dos embarcaciones. Con mayor o menor éxito en la consecución de su fin principal, estas expediciones de rescate sí lograron cartografiar y descubrir nuevas tierras y aguas, y establecieron hitos en la exploración ártica que servirían como referencia a exploraciones posteriores.

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El polo Norte no solo inspiraba a los aventureros, sino también a los novelistas. Y, de entre ellos sobresale el autor de los viajes fantásticos por excelencia: Julio Verne. En su obra “Los viajes del capitán Hatteras” relata las aventuras de este capitán británico y su tripulación en su afán de alcanzar el polo Norte. Aunque con grandes dosis de fantasía (como, por ejemplo, Verne ubica el polo Norte en tierra firme, y no en el océano Ártico) , la amplia cultura del escritor francés y su lectura de los relatos de los exploradores coetáneos, ofrece al lector una excelente descripción del duro y rudo modo de vida de aquellos grandes héroes de la exploración polar. Además, resultó una fuente de inspiración para los jóvenes aventureros (De hecho, el nombre del barco Fram -“Adelante” en noruego- de Fridtjof Nansen procede del Forward del capitán Hatteras).

Nansen no solo bebió de las fantásticas fuentes de Julio Verne y de los errores cometidos en la expedición Franklin. No sin cierta dosis de humildad,  la cual escaseaba en aquellos tiempos, recabó información acerca de las formas de vida de los pueblos del norte, y adaptó sus expediciones según esas lecciones. Redujo la tripulación de sus barcos a lo mínimo imprescindible: ya no se trataba de “civilizar” el norte, sino de adaptar esa supuesta “civilización” a las duras condiciones de vida de esos territorios.

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USS Jeanette (fuente: US Gov.)

Otro gran desastre de la exploración ártica inspiró a Nansen: la U.S. Arctic Expedition, a mando de George W. de Long, en el barco USS Jeanette. Con la intención de alcanzar el polo Norte a través del mar de Siberia Oriental, la expedición sufrió el hundimiento de la nave en una posición más al norte de las islas de Nueva Siberia. El hecho de que los restos del naufragio aparecieran, tres años después, junto a las costas de Groenlandia (Qaqortoq), probaba que existía una corriente polar en esa dirección. Nansen creyó que esta corriente podría llevar a un barco encerrado en el hielo al polo Norte desde la región donde el Jeannete se hundió, para luego alcanzar Groenlandia . Así concibió la expedición Fram: convertir en lo que era la mayor pesadilla de los navegantes árticos (quedar atrapados en el hielo polar) en una herramienta que le llevaría a su destino. No fue, sin embargo así: el Fram nunca llegó al polo Norte. Y tampoco Nansen quien, tras observar que la deriva de la corriente durante una primera invernada no le acercaba al polo, decidió atacarlo con trineos tirados por perros, en una de las aventuras suicidas más grandes jamás contadas. De hecho, él y su compañero, Johannsen, se vieron obligados a pasar el largo invierno polar cobijados en un refugio de fortuna, alimentándose a base de carne de foca y otros animales, y calentando su hogar con la grasa de estos animales.

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Dirigible Norge

La expedición Fram, aunque no alcanzó su meta fue todo un éxito. Abrió las puertas a la conquista del polo Norte, la cual fue lograda, no sin grandes sacrificios aún de vidas humanas, años más tarde. Nunca se sabrá quién fue la primera persona que pisó ese polo.  Se sabe, con datos irrebatibles, que Admundsen y Nobile atravesaron el océano Ártico sobre el polo Norte a bordo del dirigible Norge. Pero eso fue en 1926. Tal vez alguien llegó allí antes.  Si fueron Cook, Peary o Byrd, nunca lo sabremos. Al contrario del polo Sur, no existe posibilidad de dejar una bandera, un túmulo, una inscripción que atestigüe tal hazaña.

Dos tragedias y una novela llevaron a Nansen a culminar su hazaña polar. Y es que los errores y la fantasía son, tal vez, junto a la vacilación y el titubeo, las únicas llaves que tenemos los seres humanos para avanzar en nuestros proyectos y aventuras. Propiedades de las que, por lo menos hasta ahora, carecen las máquinas: una máquina nunca errará (si erra, es porque ha sido programada para cometer ese error), nunca soñará, nunca vacilará. Los exploradores árticos, por contra, son testimonio del poder de estos errores, sueños y vacilaciones. Se podría decir que estos aventureros poseían un grandeza sobrehumana, si no fuera porque esa grandeza es la que los hacía, sencillamente, humanos.

La dieta humana como dispositivo de control social

Llamaré dispositivo literalmente a cualquier cosa que de algún modo tenga la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivientes. Por lo tanto, no sólo las prisiones, los manicomios, el Panóptico, las escuelas, la confesión, las fábricas, las disciplinas, las medidas jurídicas, etc., cuya conexión con el poder es de algún modo evidente, sino también la pluma, la escritura, la literatura, la filosofía, la agricultura, el cigarrillo, la navegación, los ordenadores, los teléfonos móviles y – por qué no – el lenguaje mismo, que quizás es el más antiguo de los dispositivos, en el que miles y miles de años atrás un primate – probablemente sin darse cuenta de las consecuencias a las que se exponía– tuvo la inconsciencia de dejarse capturar.
Giorgio Agamben. ¿Qué es un dispositivo?

Los cambios alimentarios que ha sufrido la Humanidad a lo largo de los últimos cientos de miles de años han resultado decisivos para configurar al ser humano tal y como hoy en día lo conocemos. Parece ser que el paso de alimentación herbívora a carnívora supuso una ventaja en términos de adquisición de masa encefálica. Cambios enzimáticos en nuestro aparato digestivo nos permitieron alimentarnos de la leche que producían las primeras vacas domesticadas. Luego vino el fuego, con el que se pudieron aprovechar mejor los alimentos y obtener de ellos un rendimiento nutritivo mucho mayor que si se comieran en crudo.

El origen de la mayor parte de estas modificaciones dietéticas no está en los cambios a nivel genético operados por la evolución tal y como la describió Darwin. Es cierto que, por ejemplo, en el caso de la tolerancia a la lactosa en edad adulta hubo un proceso de selección natural: aquellos niños cuyos aparatos digestivos eran capaces de digerir la leche de vaca sobrevivían y lo hacían en mejores condiciones de salud que aquellos que eran intolerantes. Pero, para que se diera ese proceso de selección natural, primero fue necesaria una trasformación ambiental no genética: la estabulación de los bóvidos. Sin vacas domesticadas nunca habríamos tenido acceso a la leche tal y como hoy en día la conocemos y, por lo tanto, no habríamos adquirido la capacidad de digerirla incluso en edades adultas.

La dieta humana no está escrita en nuestros cromosomas. Y es que, si solo contáramos con la información que estos guardan, no habríamos superado la etapa de caza y recolección, aquella en la que aún hoy en día viven nuestros hermanos primates.  La caza se vería reducida a pequeños animales, tales como roedores, larvas o gusanos, puesto que careceríamos de armas (trampas, lanzas, proyectiles), con las que cobrar piezas de mayor tamaño. Nos alimentaríamos con productos crudos: no conoceríamos más herramienta de modificación de la materia prima alimentaria que la amilasa contenida en nuestra saliva.

El desarrollo de la dieta humana ha sido posible gracias al desarrollo y aplicación de herramientas concretas y abstractas que hemos adquirido mediante métodos no-naturales y se han transmitido a lo largo y ancho de la sociedad a través de canales no genéticos. Las tecnologías de transformación y conservación, los utensilios de cocina, el menaje… Pero también los horarios de comida; el tipo de alimento que se ingiere en cada momento del día (no es lo mismo un desayuno, una comida o una cena), o el orden de los mismos (no se suele empezar con la tarta de chocolate y terminar con la sopa de fideos, a excepción, tal vez, del cocido maragato). Todo ello ha alejado a las personas de su alimentación natural, aquella que está aún codificada en nuestros genes. Nos hemos adaptado a un tipo de dieta absolutamente no-natural, que presenta notables ventajas en términos de supervivencia.

La dieta humana es cultura, según la definición de Aranguren (“Cultura es el repertorio total de pautas de comportamiento –técnicas materiales y también espirituales -magia, culto, etc.-, mores o usos, interpretaciones de la realidad- de que dispone una comunidad, por transmisión a cada uno de sus miembros”). Libera a la persona de la dictadura de sus cromosomas, del inapelable dictado de la naturaleza, del cual otros animales no pueden sino seguir de manera ciega. Amplía las limitadas opciones de supervivencia que le ofrecen sus genes y le abre nuevas posibilidades.

La dieta humana también es un dispositivo de control social. Todo objeto cultural exitoso que aleja a la persona de la tiranía de la naturaleza, le ata, al mismo tiempo, a una nueva ama y señora: la sociedad. Tanto nos alejemos de lo natural, tanto sentiremos el bastón de mando de la sociedad. La dieta humana es extensa, y amplía las opciones que se nos dan de forma natural. Pero es más limitada de lo que parece. Existen tabús alimentarios (el canibalismo). Hay alimentos que son considerados impuros (el cerdo en el mundo musulmán, o el marisco, en el judío). Aunque sin imposición religiosa alguna, también existen productos que no comemos en algunas regiones geográficas (aunque sí en otras): insectos, gusanos, babosas (¡pero sí caracoles!), murciélagos, ratas, perros… Hay ciertos alimentos que solo pueden comerse en épocas concretas del año, y en ciertas horas del día (¿quién come turrón en verano?¿quién desayuna un chuletón?). Hay combinaciones de alimentos que se consideran sacrílegas (untar un bocadillo de bonito en un café con leche), pero otras se convierten, incluso, en símbolos nacionales (como el sándwich de mermelada y mantequilla de cacahuete). La dieta está fuertemente influenciada por el poder de la Tradición.

La dieta humana está también condicionada por el Mercado. Como objeto que es, el intercambio de alimentos se encuentra regulado por el Mercado. Es en la dieta donde se observa más claramente el gradiente de desigualdad exigido por la sociedad para la producción de cultura: hay acaparadores que nunca pasarán hambre, e incluso sufrirán de exceso de alimento; y hay productores que no llegarán a recibir los requerimientos calóricos mínimos necesarios. Pero la dieta también es Política. Ciertas leyes decretadas desde los poderes gubernamentales velan para que no podamos comer alimentos prohibidos (carne humana, perros…); regulan la preparación de ciertos productos alimentarios (aquí se da la mano con la Tradición, como en los casos del halal y el kosher; pero también actúa libremente bajo la excusa de una regulación por seguridad alimentaria); controlan a través de propaganda e impuestos los hábitos de consumo de los ciudadanos (impuestos sobre el alcohol y las bebidas gaseosas azucaradas); incluso tienen la capacidad de promover hambrunas sistemáticas (Holomodor en Ucrania por Josef Stalin, la hambruna de Bengala de 1943 por Winston Churchill…).

El control social que se intuye en el dispositivo de la dieta no solo se limita a una vasta red de poderes interrelacionados, sino que también a un Discurso de la dieta, a un conocimiento epistemológico claramente controlado por y desde el Poder. Existe una dieta “normalizada”, “lógica”, “sana”, cuerda”. Más o menos amplia, más o menos diversa, pero siempre presenta unos límites y fronteras netas. Fuera de esos límites se ubica una heterogénea y desordenada matriz de conocimiento alimentario que recoge todo aquello que queda excluido de esa dieta “normalizada”. Es la dieta de los locos, enfermos, marginados. Es la no-dieta, la dieta no-cultural que, sin embargo, por haber sido clasificada como no-cultural ha aparecido, por una causa u otra, en algún momento y en alguna circunstancia, dentro del repertorio culinario de la sociedad y, por lo tanto, es tan cultural como la dieta convencional.

A través de la dieta la sociedad controla al individuo, a la persona. Es cierto que nos da salud y años de vida, pero también es un excelente instrumento de control social: encierra un conjunto de leyes que el ciudadano obedece casi sin darse cuenta de que lo está haciendo; considera lógicas ciertas limitaciones al acceso de alimentos, cuando no sanas y necesarias. La dieta, como objeto cultural que es, nos aleja de la tiranía de la alimentación natural, pero nos ata, como dispositivo de control social, a una serie de obligaciones para con la sociedad en la que nos hallamos inmersos.

 

Tiranía, totalitarismo y dictadura epistémica (I)

El control social  representa una importante parte de esas fuerzas aglutinadoras que resultan necesarias para que una sociedad humana sea, a fin de cuentas, humana y no animal. El alejamiento de las personas de la dictadura de la naturaleza y de las leyes genéticas exige de una serie de herramientas culturales, no contenidas en nuestros cromosomas. Y para la consecución de estas herramientas es necesaria la obtención de un excedente con el que fabricarlas, y de un gradiente de desigualdad a partir del cual se crea un reducido grupo de personas que acumulan excedente y tiempo libre. Estos disfrutan del usufructo de los instrumentos culturales, a costa de una mayoría de productores que no se aprovecharán de todos los bienes que cosechen a partir de su sudor y esfuerzo.  Sin excedente y sin desigualdad no hay cultura, y sin cultura la especie humana vagaría aún por los bosques de la Tierra alimentándose de frutas y de carroña; durmiendo en agujeros y cuevas. El control social es ese conjunto de herramientas culturales que, entre otras cosas, concreta, estabiliza y justifica ese gradiente de desigualdad a lo ancho de una sociedad y a lo largo del tiempo histórico.

La democracia, ese gobierno por todos y para todos que hemos adquirido gracias a las luchas revolucionarias de los últimos tres siglos, afecta y atañe a la parte política del control social. La Política desarrolla leyes e instrumentos de justicia para la aplicación de esas leyes que afectan a un importante ámbito de la vida de las personas, y es que la Política es la concreción del control de nuestros cuerpos dentro del espacio social. La localización geográfica de los mismos y el rol que van a jugar dentro de la sociedad (acaparadores o productores de excedente) dependerá en gran parte de la Política. La democracia pretende repartir la representatividad política entre todos los individuos, independientemente de su estatus de acaparador o productor, nivel cultural, sexo, religión, raza… Todos poseemos la misma cuota de poder político y, por ende, del control social que esta maneja.

Democrática o no democrática, la Política está íntimamente ligada a la Tradición y al Mercado, de modo que la primera puede influir sobre las otras dos de manera eficaz. Pero, al mismo tiempo, Tradición y Mercado, ambas siempre parademocráticas, van a condicionar también a la Política. Desde un punto de vista de control social, por lo tanto, la democracia no puede aspirar a monopolizar todo el espacio social, político y económico; sus límites y su espectro de acción son los mismos que los de la Política.

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Enrique VII. Hans Holbein el Joven (1497-1543)

Y es que la democracia moderna nació en una época de tiranía, donde la Política estaba en manos de un único soberano, el rey absolutista. Los grandes pensadores políticos de los siglos XVII y XVIII centraron sus esfuerzos teóricos en aquella parte del control social que atañía a los cuerpos, a la posición social de los mismos, la cual era propiedad monopolística del rey soberano. El poder del tirano era poder político; es cierto que estaba íntimamente asociado al poder tradicional-religioso, hasta el punto de que el poder real emanaba directamente de Dios. También establecía fuertes relaciones con el poder económico, a través de una economía controlada y dirigida por la corte real. Pero el tirano no aspiraba a monopolizar la Tradición y el Mercado. Por ejemplo, el rey podía ser ungido desde su cuna por la mano divina, pero jamás se le ocurriría autoproclamarse Papa. Alguno podía extender sus atribuciones religiosas a la de cabeza visible de alguna iglesia, como la anglicana (Enrique VIII de Inglaterra), pero eso solo lo era desde el aspecto más puramente político e institucional, jamás espiritual. El tirano, simplemente, hacía usufructo de la Tradición, y trataba de orientarla hacia sus intereses y necesidades.

Las revoluciones modernas fueron absolutamente políticas porque solo derribaron la tiranía de la Política. No dieron cuenta de la parademocracia que, independientemente del régimen político, se ejerce desde la Tradición y el Poder. Los dictadores modernos, aquellos que se erigieron a base de alzamientos y proclamaciones, buscaron y anhelaron el control absoluto de la Política, despreciando en cierto modo la Tradición y el Mercado o, como mucho, estableciendo una relación de interés no destructivo con ellos. Los límites del tirano moderno son los mismos que los de la democracia o el rey absoluto, y que coinciden con los de la Política.

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La consagración de Napoleón. Jacques-Louis David (1748-1825)

En su coronación como emperador de Francia, Napoleón Bonaparte “invitó” al  Pío VII a presenciar tal ceremonia, como mero objeto pasivo y decorativo. Los papas, que hasta entonces habían hecho y deshecho a reyes y emperadores, se convirtieron a partir de entonces en comparsas cuyo único cometido era avalar las decisiones de los tiranos modernos. Aun así, Napoleón no monopolizó la Tradición, ni tan siquiera la Iglesia Católica. Tan solo eliminó ciertos poderes políticos que la Iglesia aún ostentaba, ellos ya muy mermados tras el final de la Guerra de los 30 Años y la Paz de Westfalia.

Es durante aquella época que empiezan a desarrollarse ideas políticas que superan la Política. Se tratan de ideologías que ya no fijan como objetivo absorber parte o  limitar la influencia política de Tradición y Mercado. Van más allá: anhelan convertir a la Política en Tradición y Mercado; anular así estos dos poderes parademocráticos y entregarlos a una todopoderosa Política. De este modo, por lo menos desde el plano teórico, la Política podría asumir un rol más amplio, capaz de superar, por ejemplo en el ámbito democrático, las barreras en justicia social que los estados, con sus limitaciones inherentes, no podían hasta entonces dedicar tiempo y esfuerzo. Así, la ideología marxista eliminaba racionalmente la Tradición y entregaba a la Política los roles que, desde que la sociedad humana es humana, había asumido el Mercado. El nacionalismo desacralizaba la figura de Dios: la patria, una patria controlada completamente por la Política, se convertía en un nuevo objeto de veneración, compitiendo por los mismos espacios que, hasta entonces, habían sido dominios de la Tradición.