El vegetarianismo, o cómo se amplía un dispositivo de control social

La dieta humana es un ejemplo de instrumento cultural mediante el cual las personas hemos superado las limitaciones a las que nos sometía la dieta natural. Gracias a ella, ha mejorado nuestra calidad de vida y posibilidades de supervivencia. La aplicación del calor para cocinar, el uso de cubiertos o las técnicas de refrigeración para la conservación de alimentos suponen una tremenda ventaja en términos de aprovechamiento, higiene y almacenamiento de víveres. Se trata de un conocimiento que no está de ninguna manera inserto en nuestro código genético. No nacemos sabiendo freír un huevo; a lo máximo, seríamos capaces de abrirlo para consumir su contenido en crudo. Un grupo de personas a los que se les aísle de la sociedad desde pequeños nunca aprenderán a cocinar, comer con palillos o guardar sus alimentos en condiciones de frío. Se precisa, pues, de otro sistema de almacenamiento y transmisión de datos diferente al que todos nosotros poseemos en nuestro ADN: la sociedad.

Sin embargo, como intentamos demostrar en un artículo anterior, la dieta humana es también un dispositivo de control social. Por ejemplo, a pesar de que esta nos podría ofrecer un elenco de opciones culinarias mucho más amplio que el que poseemos, se nos cierran ciertas puertas a nuestra alimentación: no podemos comernos los unos a los otros, pero tampoco perros, cucarachas o larvas de insecto (por lo menos, en la cultura gastronómica europea); existen controles políticos y tradicionales a la hora de seleccionar los ingredientes de nuestros platos (medidas higiénico-sanitarias, tasas aduaneras, lo kosher y lo halal, intervención sobre poblaciones a través de hambrunas sistematizadas…). Todo objeto cultural que haya tenido éxito a lo largo y ancho de la historia de la sociedad contiene o forma parte de un dispositivo de control social. Y la dieta no es una excepción.

Durante los últimos años han venido a ponerse cada vez más de moda diferentes variedades de dieta vegetariana. Desde las más radicales, como el crudiveganismo, hasta formas fustres de vegetarianismo (pollo-vegetarianismo, pescatarianismo…). Las razones por las que una persona decide adoptar alguna de estas dietas son muy diversas: desde motivos éticos-morales (la dieta vegetariana, si bien no eliminaría, si mitigaría de cierta manera el sufrimiento de los animales. En el caso de la dieta frugívora, incluso, se respetaría la vida de las plantas), hasta motivos higiénico-sanitarios (se relacionaría la dieta vegetariana con unos supuestos mejores índices de salud), pasando por económicos, ecológicos o políticos.

El vegetarianismo moderno es posible gracias a los avances tecnológicos en agricultura. Una dieta sin productos animales exige una amplia gama de productos vegetales que solo pueden ser obtenidos de manera intensiva gracias a las mejoras técnicas en los cultivos. Sin alimentos vegetales de calidad, variados y baratos no se podría, de ninguna manera, democratizar la actitud vegetariana; esta quedaría limitada a los más ricos. Si una ley prohibiera de facto comer carne sin aportar una alternativa vegetariana justa, se pondría en riesgo la salud de los más pobres. No solo eso; el vegetarianismo moderno ha precisado de concienzudas investigaciones médicas sobre fisiología humana y nutrición, gracias a las cuales hoy en día se conocen los efectos nocivos de la falta de producto animal en la dieta, así como los modos de evitar estas enfermedades carenciales (por ejemplo, la avitaminosis B12).

Si mejor o peor, el vegetarianismo es un avance en la dieta humana. Precisa de una serie de actitudes de control por parte de la persona que decide adoptar este tipo de alimentación: evitará acudir a ciertos restaurantes, leerá con atención los envases de los productos elaborados que adquiera, avisará a los anfitriones de una cena sobre sus requerimientos dietéticos… En fin, el vegetariano limitará su área de libertad alimentaria a través de un mayor o menor autocontrol. Y es que el vegetarianismo, en principio, amplía el dispositivo de control social por decisión propia del individuo. No existe una sociedad que le empuje indefectiblemente y sin posibilidad de oposición hacia una u otra dieta. La ampliación del control del vegetariano se realiza por mecanismos de autocontrol. Es cierto que existen grupos sociales vegetarianos, a los que cualquiera se adhiere libremente, y donde  los diferentes miembros intercambian experiencias dietético-culinarias, que pueden provocar cierto sentimiento de vigilancia. Sin embargo, estos grupos de ninguna manera actúan como instrumentos de control social exógenos al individuo; como mucho, la persona, tal vez para limitar la ansiedad, decide externalizar parte de ese autocontrol dietético al grupo social como forma de un mecanismo psicológico de proyección. Huelga decir que, excepcionalmente, sí podrían darse casos de sectas religiosas que hagan uso de la dieta vegetariana para controlar a los adeptos. Pero, afortunadamente, son casos aislados.

Pudiera suceder en el futuro que el vegetarianismo, transformado en ideología, imponga a la sociedad sus criterios de alimentación en base a argumentaciones etico-morales, ecológicas, políticas, económicas o de índole higiénico-sanitario. Como toda mejora tecnológica de un objeto cultural, no se observaría como una atadura, una reducción del espacio de libertad individual. Así como el férreo control al que nos hemos encadenado, voluntariamente, con el uso de las tarjetas de crédito (y no digamos con el pago por reconocimiento facial que no tardará en llegar) o los smartphones, es percibido como una comodidad, la dieta vegetariana políticamente impuesta sería recibida feliz y alegremente por gran parte de la población. Nos sentiríamos moralmente superiores a los comedores de cadáveres de animales contemporáneos, y nos preguntaríamos cómo, en épocas pasadas, la sociedad podía ser tan retrógrada como para considerar un manjar el chuletón a la piedra o las ancas de rana. Creeríamos que, con nuestra modernísima dieta estrictamente vegetal, habríamos alcanzado cotas de salud nunca vistas en la Humanidad. Achacaríamos al cierre de granjas animales la reducción del contenido de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Pero nunca, jamás, sentiríamos que esa nueva dieta, basada única y exclusivamente en alimentos de origen no animal, se trata de una nueva versión actualizada de un dispositivo de control social con el que se reduce, muy ostensiblemente, muestra área de libertad individual.

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La conquista del polo Norte en dos tragedias,una novela y un éxito

Hace 150 años Europa vivía el auge del nacionalismo, imperialismo y colonialismo. Al romanticismo que emanaba del explorador que se enfrentaba a las fuerzas de lo desconocido, se unía el interés de las naciones por aumentar el número de territorios bajo su jurisdicción. Los rincones más recónditos de América, Asia y África ya habían sido visitados. Lo mismo sucedía con Oceanía: cada vez era más difícil descubrir nuevas islas tras el ingente trabajo expedicionario de españoles y portugueses durante los siglos XVI-XVII. La mirada del aventurero romántico-nacionalista se dirigía a los polos, las últimas fronteras de lo incógnito.

Como Europa se sitúa en el hemisferio Norte, era lógico que ese polo fuera el más ambicionado. Además, aún sin un canal de Panamá operativo, existían intereses comerciales y estratégicos en encontrar un paso septentrional entre los océanos Atlántico y Pacífico, con el que evitar el largo viaje por el sur a través del estrecho de Magallanes. Los barcos balleneros ya habían cartografiado parte de ese territorio azotado por las tempestades y el hielo. Faltaba solo que puñados de exploradores se pusieran al mando de sus naves y surcaran esas aguas desconocidas.

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El HMS Victory de John Ross. El primer barco a vapor que exploró los territorios del Norte (fuente: Slings and Arrows)

Tal vez hubo dos elementos que propiciaron estas exploraciones. El primero fue un mini-calentamiento global que acaeció a principios del siglo XIX y propició la aparición de agua libre en zonas donde, hasta entonces, solo se había detectado hielo perpetuo. Por ejemplo, la bahía de Baffin, descubierta en 1585 por John Davis no pudo ser navegada hasta casi 250 años más tarde. El vapor fue el segundo elemento que revolucionó la exploración ártica: gracias a él los barcos podían atravesar zonas heladas que, con el solo uso de la vela no podrían superarse salvo si se daba la suerte de que el viento soplaba a favor. En vez de pasar meses anclados en icebergs hasta que se produjeran circunstancias favorables, los exploradores podían echar un pulso a las masas de hielo  con las hélices movidas por el motor de Watt. Así, John Ross fue el pionero que introdujo esta nueva tecnología en la exploración ártica, en su barco Victory.

Era una época de razón y racismo. Los europeos, creyéndose en posesión de una verdad indiscutible porque había sido obtenida a través de métodos empíricos y científicos, desdeñaban todo aquello que pudiera venir de otros pueblos. Así, al habitante del norte, vulgarmente llamado “esquimal” (comedor de carne cruda), se le consideraba un ser inferior, del cual no podía obtenerse información útil alguna para la consecución de los fines exploratorios y, lo que es más importante aún, de la supervivencia en condiciones de extremo frío. Ante el reto civilizador que se imponía esa Europa, los exploradores debían llevar al Norte el modo de vida que en aquellos momentos se llevaba en el continente. Así no era extraño encontrar en sus barcos imponentes juegos de te, vestimenta de banquete y ceremonia y otros objetos que hoy en día se considerarían superfluos en cualquier viaje hacia estas regiones.

Una tragedia encendió aún más la llama exploratoria de estas regiones. Actualmente se trata de una historia bastante conocida, pues de ella se ha hecho incluso una serie televisiva, en la que se mezcla sucesos reales con fantásticos. La expedición Franklin, con sus dos naves, el HMS Erebus y el HMS Terror desapareció misteriosamente en su exploración del Océano Ártico. Más que las escenas dantescas de envenenamiento, locura y canibalismo que sufrieron los malogrados miembros de la tripulación (y que avivan el morbo por la expedición Franklin), lo que sí interesa son las decenas de expediciones posteriores que, por tierra y mar, trataron de encontrar pistas que dieran con alguna de las dos embarcaciones. Con mayor o menor éxito en la consecución de su fin principal, estas expediciones de rescate sí lograron cartografiar y descubrir nuevas tierras y aguas, y establecieron hitos en la exploración ártica que servirían como referencia a exploraciones posteriores.

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El polo Norte no solo inspiraba a los aventureros, sino también a los novelistas. Y, de entre ellos sobresale el autor de los viajes fantásticos por excelencia: Julio Verne. En su obra “Los viajes del capitán Hatteras” relata las aventuras de este capitán británico y su tripulación en su afán de alcanzar el polo Norte. Aunque con grandes dosis de fantasía (como, por ejemplo, Verne ubica el polo Norte en tierra firme, y no en el océano Ártico) , la amplia cultura del escritor francés y su lectura de los relatos de los exploradores coetáneos, ofrece al lector una excelente descripción del duro y rudo modo de vida de aquellos grandes héroes de la exploración polar. Además, resultó una fuente de inspiración para los jóvenes aventureros (De hecho, el nombre del barco Fram -“Adelante” en noruego- de Fridtjof Nansen procede del Forward del capitán Hatteras).

Nansen no solo bebió de las fantásticas fuentes de Julio Verne y de los errores cometidos en la expedición Franklin. No sin cierta dosis de humildad,  la cual escaseaba en aquellos tiempos, recabó información acerca de las formas de vida de los pueblos del norte, y adaptó sus expediciones según esas lecciones. Redujo la tripulación de sus barcos a lo mínimo imprescindible: ya no se trataba de “civilizar” el norte, sino de adaptar esa supuesta “civilización” a las duras condiciones de vida de esos territorios.

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USS Jeanette (fuente: US Gov.)

Otro gran desastre de la exploración ártica inspiró a Nansen: la U.S. Arctic Expedition, a mando de George W. de Long, en el barco USS Jeanette. Con la intención de alcanzar el polo Norte a través del mar de Siberia Oriental, la expedición sufrió el hundimiento de la nave en una posición más al norte de las islas de Nueva Siberia. El hecho de que los restos del naufragio aparecieran, tres años después, junto a las costas de Groenlandia (Qaqortoq), probaba que existía una corriente polar en esa dirección. Nansen creyó que esta corriente podría llevar a un barco encerrado en el hielo al polo Norte desde la región donde el Jeannete se hundió, para luego alcanzar Groenlandia . Así concibió la expedición Fram: convertir en lo que era la mayor pesadilla de los navegantes árticos (quedar atrapados en el hielo polar) en una herramienta que le llevaría a su destino. No fue, sin embargo así: el Fram nunca llegó al polo Norte. Y tampoco Nansen quien, tras observar que la deriva de la corriente durante una primera invernada no le acercaba al polo, decidió atacarlo con trineos tirados por perros, en una de las aventuras suicidas más grandes jamás contadas. De hecho, él y su compañero, Johannsen, se vieron obligados a pasar el largo invierno polar cobijados en un refugio de fortuna, alimentándose a base de carne de foca y otros animales, y calentando su hogar con la grasa de estos animales.

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Dirigible Norge

La expedición Fram, aunque no alcanzó su meta fue todo un éxito. Abrió las puertas a la conquista del polo Norte, la cual fue lograda, no sin grandes sacrificios aún de vidas humanas, años más tarde. Nunca se sabrá quién fue la primera persona que pisó ese polo.  Se sabe, con datos irrebatibles, que Admundsen y Nobile atravesaron el océano Ártico sobre el polo Norte a bordo del dirigible Norge. Pero eso fue en 1926. Tal vez alguien llegó allí antes.  Si fueron Cook, Peary o Byrd, nunca lo sabremos. Al contrario del polo Sur, no existe posibilidad de dejar una bandera, un túmulo, una inscripción que atestigüe tal hazaña.

Dos tragedias y una novela llevaron a Nansen a culminar su hazaña polar. Y es que los errores y la fantasía son, tal vez, junto a la vacilación y el titubeo, las únicas llaves que tenemos los seres humanos para avanzar en nuestros proyectos y aventuras. Propiedades de las que, por lo menos hasta ahora, carecen las máquinas: una máquina nunca errará (si erra, es porque ha sido programada para cometer ese error), nunca soñará, nunca vacilará. Los exploradores árticos, por contra, son testimonio del poder de estos errores, sueños y vacilaciones. Se podría decir que estos aventureros poseían un grandeza sobrehumana, si no fuera porque esa grandeza es la que los hacía, sencillamente, humanos.

La dieta humana como dispositivo de control social

Llamaré dispositivo literalmente a cualquier cosa que de algún modo tenga la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivientes. Por lo tanto, no sólo las prisiones, los manicomios, el Panóptico, las escuelas, la confesión, las fábricas, las disciplinas, las medidas jurídicas, etc., cuya conexión con el poder es de algún modo evidente, sino también la pluma, la escritura, la literatura, la filosofía, la agricultura, el cigarrillo, la navegación, los ordenadores, los teléfonos móviles y – por qué no – el lenguaje mismo, que quizás es el más antiguo de los dispositivos, en el que miles y miles de años atrás un primate – probablemente sin darse cuenta de las consecuencias a las que se exponía– tuvo la inconsciencia de dejarse capturar.
Giorgio Agamben. ¿Qué es un dispositivo?

Los cambios alimentarios que ha sufrido la Humanidad a lo largo de los últimos cientos de miles de años han resultado decisivos para configurar al ser humano tal y como hoy en día lo conocemos. Parece ser que el paso de alimentación herbívora a carnívora supuso una ventaja en términos de adquisición de masa encefálica. Cambios enzimáticos en nuestro aparato digestivo nos permitieron alimentarnos de la leche que producían las primeras vacas domesticadas. Luego vino el fuego, con el que se pudieron aprovechar mejor los alimentos y obtener de ellos un rendimiento nutritivo mucho mayor que si se comieran en crudo.

El origen de la mayor parte de estas modificaciones dietéticas no está en los cambios a nivel genético operados por la evolución tal y como la describió Darwin. Es cierto que, por ejemplo, en el caso de la tolerancia a la lactosa en edad adulta hubo un proceso de selección natural: aquellos niños cuyos aparatos digestivos eran capaces de digerir la leche de vaca sobrevivían y lo hacían en mejores condiciones de salud que aquellos que eran intolerantes. Pero, para que se diera ese proceso de selección natural, primero fue necesaria una trasformación ambiental no genética: la estabulación de los bóvidos. Sin vacas domesticadas nunca habríamos tenido acceso a la leche tal y como hoy en día la conocemos y, por lo tanto, no habríamos adquirido la capacidad de digerirla incluso en edades adultas.

La dieta humana no está escrita en nuestros cromosomas. Y es que, si solo contáramos con la información que estos guardan, no habríamos superado la etapa de caza y recolección, aquella en la que aún hoy en día viven nuestros hermanos primates.  La caza se vería reducida a pequeños animales, tales como roedores, larvas o gusanos, puesto que careceríamos de armas (trampas, lanzas, proyectiles), con las que cobrar piezas de mayor tamaño. Nos alimentaríamos con productos crudos: no conoceríamos más herramienta de modificación de la materia prima alimentaria que la amilasa contenida en nuestra saliva.

El desarrollo de la dieta humana ha sido posible gracias al desarrollo y aplicación de herramientas concretas y abstractas que hemos adquirido mediante métodos no-naturales y se han transmitido a lo largo y ancho de la sociedad a través de canales no genéticos. Las tecnologías de transformación y conservación, los utensilios de cocina, el menaje… Pero también los horarios de comida; el tipo de alimento que se ingiere en cada momento del día (no es lo mismo un desayuno, una comida o una cena), o el orden de los mismos (no se suele empezar con la tarta de chocolate y terminar con la sopa de fideos, a excepción, tal vez, del cocido maragato). Todo ello ha alejado a las personas de su alimentación natural, aquella que está aún codificada en nuestros genes. Nos hemos adaptado a un tipo de dieta absolutamente no-natural, que presenta notables ventajas en términos de supervivencia.

La dieta humana es cultura, según la definición de Aranguren (“Cultura es el repertorio total de pautas de comportamiento –técnicas materiales y también espirituales -magia, culto, etc.-, mores o usos, interpretaciones de la realidad- de que dispone una comunidad, por transmisión a cada uno de sus miembros”). Libera a la persona de la dictadura de sus cromosomas, del inapelable dictado de la naturaleza, del cual otros animales no pueden sino seguir de manera ciega. Amplía las limitadas opciones de supervivencia que le ofrecen sus genes y le abre nuevas posibilidades.

La dieta humana también es un dispositivo de control social. Todo objeto cultural exitoso que aleja a la persona de la tiranía de la naturaleza, le ata, al mismo tiempo, a una nueva ama y señora: la sociedad. Tanto nos alejemos de lo natural, tanto sentiremos el bastón de mando de la sociedad. La dieta humana es extensa, y amplía las opciones que se nos dan de forma natural. Pero es más limitada de lo que parece. Existen tabús alimentarios (el canibalismo). Hay alimentos que son considerados impuros (el cerdo en el mundo musulmán, o el marisco, en el judío). Aunque sin imposición religiosa alguna, también existen productos que no comemos en algunas regiones geográficas (aunque sí en otras): insectos, gusanos, babosas (¡pero sí caracoles!), murciélagos, ratas, perros… Hay ciertos alimentos que solo pueden comerse en épocas concretas del año, y en ciertas horas del día (¿quién come turrón en verano?¿quién desayuna un chuletón?). Hay combinaciones de alimentos que se consideran sacrílegas (untar un bocadillo de bonito en un café con leche), pero otras se convierten, incluso, en símbolos nacionales (como el sándwich de mermelada y mantequilla de cacahuete). La dieta está fuertemente influenciada por el poder de la Tradición.

La dieta humana está también condicionada por el Mercado. Como objeto que es, el intercambio de alimentos se encuentra regulado por el Mercado. Es en la dieta donde se observa más claramente el gradiente de desigualdad exigido por la sociedad para la producción de cultura: hay acaparadores que nunca pasarán hambre, e incluso sufrirán de exceso de alimento; y hay productores que no llegarán a recibir los requerimientos calóricos mínimos necesarios. Pero la dieta también es Política. Ciertas leyes decretadas desde los poderes gubernamentales velan para que no podamos comer alimentos prohibidos (carne humana, perros…); regulan la preparación de ciertos productos alimentarios (aquí se da la mano con la Tradición, como en los casos del halal y el kosher; pero también actúa libremente bajo la excusa de una regulación por seguridad alimentaria); controlan a través de propaganda e impuestos los hábitos de consumo de los ciudadanos (impuestos sobre el alcohol y las bebidas gaseosas azucaradas); incluso tienen la capacidad de promover hambrunas sistemáticas (Holomodor en Ucrania por Josef Stalin, la hambruna de Bengala de 1943 por Winston Churchill…).

El control social que se intuye en el dispositivo de la dieta no solo se limita a una vasta red de poderes interrelacionados, sino que también a un Discurso de la dieta, a un conocimiento epistemológico claramente controlado por y desde el Poder. Existe una dieta “normalizada”, “lógica”, “sana”, cuerda”. Más o menos amplia, más o menos diversa, pero siempre presenta unos límites y fronteras netas. Fuera de esos límites se ubica una heterogénea y desordenada matriz de conocimiento alimentario que recoge todo aquello que queda excluido de esa dieta “normalizada”. Es la dieta de los locos, enfermos, marginados. Es la no-dieta, la dieta no-cultural que, sin embargo, por haber sido clasificada como no-cultural ha aparecido, por una causa u otra, en algún momento y en alguna circunstancia, dentro del repertorio culinario de la sociedad y, por lo tanto, es tan cultural como la dieta convencional.

A través de la dieta la sociedad controla al individuo, a la persona. Es cierto que nos da salud y años de vida, pero también es un excelente instrumento de control social: encierra un conjunto de leyes que el ciudadano obedece casi sin darse cuenta de que lo está haciendo; considera lógicas ciertas limitaciones al acceso de alimentos, cuando no sanas y necesarias. La dieta, como objeto cultural que es, nos aleja de la tiranía de la alimentación natural, pero nos ata, como dispositivo de control social, a una serie de obligaciones para con la sociedad en la que nos hallamos inmersos.

 

Tiranía, totalitarismo y dictadura epistémica (I)

El control social  representa una importante parte de esas fuerzas aglutinadoras que resultan necesarias para que una sociedad humana sea, a fin de cuentas, humana y no animal. El alejamiento de las personas de la dictadura de la naturaleza y de las leyes genéticas exige de una serie de herramientas culturales, no contenidas en nuestros cromosomas. Y para la consecución de estas herramientas es necesaria la obtención de un excedente con el que fabricarlas, y de un gradiente de desigualdad a partir del cual se crea un reducido grupo de personas que acumulan excedente y tiempo libre. Estos disfrutan del usufructo de los instrumentos culturales, a costa de una mayoría de productores que no se aprovecharán de todos los bienes que cosechen a partir de su sudor y esfuerzo.  Sin excedente y sin desigualdad no hay cultura, y sin cultura la especie humana vagaría aún por los bosques de la Tierra alimentándose de frutas y de carroña; durmiendo en agujeros y cuevas. El control social es ese conjunto de herramientas culturales que, entre otras cosas, concreta, estabiliza y justifica ese gradiente de desigualdad a lo ancho de una sociedad y a lo largo del tiempo histórico.

La democracia, ese gobierno por todos y para todos que hemos adquirido gracias a las luchas revolucionarias de los últimos tres siglos, afecta y atañe a la parte política del control social. La Política desarrolla leyes e instrumentos de justicia para la aplicación de esas leyes que afectan a un importante ámbito de la vida de las personas, y es que la Política es la concreción del control de nuestros cuerpos dentro del espacio social. La localización geográfica de los mismos y el rol que van a jugar dentro de la sociedad (acaparadores o productores de excedente) dependerá en gran parte de la Política. La democracia pretende repartir la representatividad política entre todos los individuos, independientemente de su estatus de acaparador o productor, nivel cultural, sexo, religión, raza… Todos poseemos la misma cuota de poder político y, por ende, del control social que esta maneja.

Democrática o no democrática, la Política está íntimamente ligada a la Tradición y al Mercado, de modo que la primera puede influir sobre las otras dos de manera eficaz. Pero, al mismo tiempo, Tradición y Mercado, ambas siempre parademocráticas, van a condicionar también a la Política. Desde un punto de vista de control social, por lo tanto, la democracia no puede aspirar a monopolizar todo el espacio social, político y económico; sus límites y su espectro de acción son los mismos que los de la Política.

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Enrique VII. Hans Holbein el Joven (1497-1543)

Y es que la democracia moderna nació en una época de tiranía, donde la Política estaba en manos de un único soberano, el rey absolutista. Los grandes pensadores políticos de los siglos XVII y XVIII centraron sus esfuerzos teóricos en aquella parte del control social que atañía a los cuerpos, a la posición social de los mismos, la cual era propiedad monopolística del rey soberano. El poder del tirano era poder político; es cierto que estaba íntimamente asociado al poder tradicional-religioso, hasta el punto de que el poder real emanaba directamente de Dios. También establecía fuertes relaciones con el poder económico, a través de una economía controlada y dirigida por la corte real. Pero el tirano no aspiraba a monopolizar la Tradición y el Mercado. Por ejemplo, el rey podía ser ungido desde su cuna por la mano divina, pero jamás se le ocurriría autoproclamarse Papa. Alguno podía extender sus atribuciones religiosas a la de cabeza visible de alguna iglesia, como la anglicana (Enrique VIII de Inglaterra), pero eso solo lo era desde el aspecto más puramente político e institucional, jamás espiritual. El tirano, simplemente, hacía usufructo de la Tradición, y trataba de orientarla hacia sus intereses y necesidades.

Las revoluciones modernas fueron absolutamente políticas porque solo derribaron la tiranía de la Política. No dieron cuenta de la parademocracia que, independientemente del régimen político, se ejerce desde la Tradición y el Poder. Los dictadores modernos, aquellos que se erigieron a base de alzamientos y proclamaciones, buscaron y anhelaron el control absoluto de la Política, despreciando en cierto modo la Tradición y el Mercado o, como mucho, estableciendo una relación de interés no destructivo con ellos. Los límites del tirano moderno son los mismos que los de la democracia o el rey absoluto, y que coinciden con los de la Política.

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La consagración de Napoleón. Jacques-Louis David (1748-1825)

En su coronación como emperador de Francia, Napoleón Bonaparte “invitó” al  Pío VII a presenciar tal ceremonia, como mero objeto pasivo y decorativo. Los papas, que hasta entonces habían hecho y deshecho a reyes y emperadores, se convirtieron a partir de entonces en comparsas cuyo único cometido era avalar las decisiones de los tiranos modernos. Aun así, Napoleón no monopolizó la Tradición, ni tan siquiera la Iglesia Católica. Tan solo eliminó ciertos poderes políticos que la Iglesia aún ostentaba, ellos ya muy mermados tras el final de la Guerra de los 30 Años y la Paz de Westfalia.

Es durante aquella época que empiezan a desarrollarse ideas políticas que superan la Política. Se tratan de ideologías que ya no fijan como objetivo absorber parte o  limitar la influencia política de Tradición y Mercado. Van más allá: anhelan convertir a la Política en Tradición y Mercado; anular así estos dos poderes parademocráticos y entregarlos a una todopoderosa Política. De este modo, por lo menos desde el plano teórico, la Política podría asumir un rol más amplio, capaz de superar, por ejemplo en el ámbito democrático, las barreras en justicia social que los estados, con sus limitaciones inherentes, no podían hasta entonces dedicar tiempo y esfuerzo. Así, la ideología marxista eliminaba racionalmente la Tradición y entregaba a la Política los roles que, desde que la sociedad humana es humana, había asumido el Mercado. El nacionalismo desacralizaba la figura de Dios: la patria, una patria controlada completamente por la Política, se convertía en un nuevo objeto de veneración, compitiendo por los mismos espacios que, hasta entonces, habían sido dominios de la Tradición.

Respuesta a la pregunta: ¿es más digno pactar con Bildu que con Vox?

Hay una sentencia del maestro Aranguren que siempre recuerdo cuando se comparan los extremismos de derechas e izquierdas: “Es menester declarar que el totalitarismo comunista es menos malo que el fascista. No porque uno sea más o menos dictatorial que el otro, pues, por principio, ambos han de serlo absolutamente; sino porque, en el comunismo, la dictadura está puesta –al menos teóricamente- al servicio de la igualdad y de un humanismo racionalista, todo lo deficiente que se quiera (…) en tanto que el totalitarismo fascista se funda en la desigualdad –en el mito de la raza superior y las razas inferiores- y, por lo tanto, no en el racionalismo, sino en el biologismo”.

Con Bildu y Vox tal vez se pueda entrar en una comparación ideológica sobre si es más moral la izquierda de Bildu que la derecha de Vox. Pero, más allá de esas diferencias, unos y otros comparten un mismo objetivo: poner la política al servicio no de la persona, sino de una idea: la patria. Idea esta, sino falsa, por lo menos discutible, del mismo modo que es discutible la existencia de un dios, o del alma.

Bildu fracciona, clasifica y ordena a las personas en función de unos criterios patrióticos, que pueden ser dispares y variados: afiliación política, lengua, lugar de origen o de domicilio, cultura, Rh… Y así les otorgan un valor de ciudadanía. Yo, por ejemplo, para Bildu, soy un poco-vasco, o incluso un no-vasco. A fin y al cabo, como mi voluntad no es vasca, o no entra dentro de sus parámetros de vasquidad, me convierto en un enemigo de la voluntad del pueblo vasco.

Hace unos años aquellos que se atrevían a demostrar su voluntad no-vasca o poco-vasca se convertían en homini sacri: los acribillaban a tiros o, cuando menos, lo insultaban, amenazaban y trataban de excluir de la sociedad. Hoy en día, afortunadamente, la violencia física ha desaparecido, bien por convencimiento de que no es el camino, bien porque la capacidad de producir violencia ha sido aniquilada. Resta esa violencia institucional que relega a una ciudadanía de segunda a todo aquel que no cumple con los criterios patrióticos, y que, en caso de que Bildu obtuviera un respaldo significativo del electorado, sin duda la pondría en práctica.

La perversión de Vox no viene de pedir la privatización de las pensiones, el fin del aborto libre y gratuito, o la centralización del estado, temas que podrían ser considerados de derechas-liberales-tradicionalistas-jacobinos. La perversión viene de tratar de diferenciar la dignidad de los seres humanos que viven en España según unos parámetros, sí diferentes, pero tan miserables como los de Bildu: sexo, religión, lugar de origen y residencia, lengua, cultura, nivel económico…

Por lo tanto, creo correcto poner a Vox y a Bildu en el mismo cesto ideológico: no es izquierda democrática contra derecha democrática; tan siquiera es totalitarismo de izquierdas contra de derechas. Porque el totalitarismo ideológico de ambos no está puesto al servicio del bien de la persona, de la Humanidad, sino que se fundamenta en la desigualdad y en el mito de que existen personas superiores e inferiores, y es deber del político el proteger y justificar las primeras contra las segundas.

A proposito de un cruce de tweets

Ante la masiva llegada de información que recibimos a través de los mass-media y redes sociales, a veces es difícil diferenciar lo verdadero de lo falso. Muchos de estos datos no solo no están contrastados, sino que a veces resulta casi imposible encontrar fuentes de contraste. Cuando eso sucede, el escepticismo ante la información recibida es, tal vez, la postura inicial más adecuada para evitar que se nos manipule más de lo que ya, incluso tomando las medidas más extremas de vigilancia informativa, se nos manipula.

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Como ejemplo, una muestra. Un supuesto “Orgullo Nacional de España” recibe un “zasca” de un supuesto cabo de bomberos de Gran Canarias. Aquí hablo de “supuestos”: desconozco si “Orgullo Nacional de España” es realmente un usuario de facebook con grandes inquietudes patrióticas o un trol que se esconde detrás de un nombre y una bandera para proferir barbaridades. Incluso puede que sea un “supertrol”, esto es, un trol, en este caso, de izquierdas que se haga pasar por un trol de derechas; vía libre para que los cyberactivistas de izquierdas den rienda suelta a sus comentarios y eslóganes más ocurrentes. Tampoco puedo saber si un cabo de bomberos que se llama Jose Luís González Díaz se encuentra de servicio en las Islas Canarias; y, si realmente es así, si la cuenta de facebook desde donde se lanza el “zasca” es de su propiedad.

Analizemos el tweet de “Orgullo Nacional”: realmente, solo se queja de que el Gobierno Español ha enviado una fragata para traer hasta España a un grupo de personas que han llegado a Lampedusa en el Open Arms. Y también critica que los bomberos no tengan habitaciones adecuadas donde encontrar descanso tras una dura jornada de lucha contra los incendios que asolan Gran Canaria (si eso eso es cierto o no, lo desconozco). No se oye, sin embargo, una sola crítica contra el Open Arms, que es objetivo frecuente de la extrema derecha (y de la tampoco tan extrema derecha). Tampoco contra acogida de estas personas por parte de España, algo que debería cabrear al más facha. En su comentario, critica el exceso presupuestario que supone el envío de un buque militar a aguas italianas. Y es que, en verdad, aunque “Orgullo Nacional” no lo diga, sería mucho más cómodo, barato y seguro fletar un avión para dicho viaje. Algo que también pensaban los portavoces de Open Arms.

Ahora veamos lo que comenta el cabo de bomberos. No contesta directamente al tweet de “Orgullo Nacional”. De hecho le da la razón en algo: reconoce que está exhausto, como todos sus compañeros. A partir de ahí, acomete todo un “ejercicio de humildad”: él y sus compañeros son los más valientes porque son el último bastión contra el incendio. Más cerca que ellos del fuego solo queda la muerte. También explica, bastante explicitamente cómo, en su tiempo libre, rescata a personas del mar. Personas a las que tipos como “Orgullo Nacional” se dedica a ahogar… (no sé qué pruebas tiene contra semejante atentado contra la vida humana). Finalmente, juzga oportunista y despreciable el comentario del abanderado español, aunque no ha dado ninguna razón del porqué.

Si yo estuviera tan agotado como el cabo (y a veces lo he llegado a estar) apago mi teléfono móvil y me echo a descansar. Pero este bombero, antes de acostarse, se ha puesto a revisar el facebook y se ha encontrado con este comentario de “Orgullo Nacional”. Casualidad. Lógicamente, no ha podido morderse la lengua y contestar.

No hay “zasca” en este cruce de mensajes, porque el cabo de bomberos no contesta a la denuncia de “Orgullo Nacional” acerca del dispendio en fragatas. El cabo de bomberos publica únicamente sus hazañas para colocarse en una posición moral superior a la de su contrincante. Y, así, desde la justificación que le proporciona esa superioridad moral, se cree con derecho a insultar a “Orgullo Nacional” con toda impunidad.

Tal vez me confunda. Pero creo que este cruce de comentarios es un montaje instigado por algún grupo afín del gobierno, que trata de desprestigiar a aquellos que critican el envío de la fragata Audaz a Lampedusa. “Orgullo Nacional” afina demasiado en la problemática de la fragata como para que sea algo casual. La bandera de España y el nombre lo colocan en la trinchera política de la extrema derecha. Aparece un bombero, que heroicamente apaga fuegos en Gran Canarias y rescata a naufragos en Libia. Un héroe contra un facha. Solo que el héroe no es capaz de argumentar en contra del facha: solo se queda en una contundente exegesis de sus logros como bombero.

Esta fue mi primera impresión nada más leer esta discusión. Postura escéptica. Ante todo lo que llega de tweeter o facebook, dudo de su veracidad. Si luego resulta que me he confundido y “Orgullo Nacional España” y el cabo Jorge Luis González Díaz existen, no tendré problema alguno en aceptar mi error y cambiar de opinión. Pero eso no cambiaría la conclusión y crítica final de este cruce de comentarios: Uno, no hay una verdadera dialéctica de ideas, porque cada uno habla de lo que le interesa. Dos, “Orgullo Nacional de España” tiene en parte razón, pues es más que cuestionable la decisión política del Gobierno de España a la hora de enviar esa fragata a Lampedusa.

Postdata: El cabo de bomberos existe. Y la publicación realmente fue de su puño y letra.

Lo ecológico… ¿es de izquierdas?

La primera reacción que suscita la pregunta con la que se abre este artículo es, probablemente, la de “no te quede la menor duda: lo ecológico es de izquierdas”. Razones hay para pensar así: una gran parte de la derecha mundial, sobre todo la más populista, se ha posicionado en contra del dogma del calentamiento global o, por lo menos, contra la tesis acerca de la implicación de la actividad humana en tal efecto climático. Las primeras medidas que suelen tomar estos políticos, autoritarios o deseosos de serlo, es la de eliminar todas las trabas medioambientales que limitan ciertas actividades industriales (prospecciones petroleras, tala de árboles, fabricación de motores contaminantes…). Frente a ellos se levantan los partidos de izquierdas, muchos de los cuales han tomado posiciones a favor del ecologismo, y decretan leyes a favor de la protección del medio ambiente.

El ecologismo, en parte, se ha falsamente ideologizado. Falsamente porque el espíritu ecologista va más allá de un posicionamiento político, sino que su recorrido alcanza resortes más profundos y críticos de la sociedad. La ecología exige resituar el rol de las personas en el mundo: desde el altar de guardianes y dueños de la Creación que Dios ha dejado en sus manos, se ha de pasar a un lugar mucho más humilde: el de formar parte de un complejo entramado ecológico en el cual no somos más que un piñón en el engranaje: movemos la máquina del mundo, pero al moverla, la máquina del mundo nos mueve a nosotros. Lo ecológico exige un cambio radical, copernicano, de paradigma social: hay que descender de la cúspide de la pirámide de la Creación, donde se haya anclado el ser humano desde hace siglos.  Ninguna ideología política, cualquiera que sea su espíritu, no abarca todos los aspectos, muchos de ellos contradictorios, incluso deletéreos para la propia sociedad humana, que se precisa para esta revolución humana.

Lo ecológico es más que política, pero también es política. Y es por ello que la política trata de apropiarse de ello. Transformar el discurso ecologista a medida de los intereses de una u otra ideología. Seleccionar, de entre todos los aspectos que son exigidos y exigibles para la consecución de un auténtico cambio de paradigma social, aquellos que casan tanto con los principios ideológicos como con las posibilidades técnicas. Así, lo ecológico es comprar un automóvil eléctrico. Prohibir la entrada de vehículos contaminantes a los centros de ciudad. No consumir plástico. Reducir los alimentos de origen animal de la dieta. Comprar productos de kilómetro 0 y con etiqueta ecológica. Instalar células fotovoltaicas en el domicilio…

El coche eléctrico emite menos CO2 que un automóvil  con motor de explosión. Pero no deja de ser muy contaminante: así, para la fabricación de baterias de litio se ensucian cientos de miles de litros de agua en países donde el acceso a agua potable es casi un privilegio de ricos. Es más: parece ser que es más sucio cambiar de coche, por muy viejo diésel que sea, por otro, por muy ecoeléctrico que se venda, si el primero aún no ha llegado al final de su vida útil. Ergo, el estímulo para la sustitución del parque automovilístico actual genera muchos más residuos medioambientales de lo que, en realidad, evita. Se trata, por lo tanto, de una política no solo ruinosa para el medio ambiente, sino también clasista y elitista: el pobre no puede adquirir uno de los costosísimos vehículos eléctricos que hay en el mercado, y se ve abocado a seguir conduciendo su viejo y vilipendiado coche de motor de explosión.

¿Quién podrá acceder al centro de ciudad sin restricciones? El rico. Aquel que se ha podido permitir comprar un automóvil eléctrico. El pobre verá dificultada su acceso al corazón de la ciudad, de aquel que desde hace unos años está siendo expulsado debido al proceso de gentrificación y el auge de los alquileres turísticos. La expulsión del pobre de los centros urbanos no vendría ya solo argumentada en base a una inferioridad económica (no puede permitirse los arrendamientos que sí pagan los nuevos burgueses y los turistas extranjeros), sino también en base a una inferioridad moral (contaminan más y son perjudiciales para el medioambiente y la salud).

Ni que decir que otras acciones con sello ecológico son económicamente inasumibles para el pobre, que a duras penas puede adquirir la marca blanca del supermercado, como para gastarse un extra en adquirir alimentos de “kilómetro 0”, huevos de gallinas que viven en libertad, o instalar paneles solares en su (inexistente o minúscula) terraza.

La izquierda basa su ideario en la justicia social y un reparto equitativo de la riqueza. La acción política se centra en aquella parte de la sociedad que posee menos recursos, y en aquellos colectivos que se ven infrarrepresentados, invisibilizados, excluidos de las decisiones políticas. Si ha incorporado el ecologismo en su doctrina, es más por contrapunto a una derecha neoliberal que vela por los intereses del capital, insensible este al destino de la naturaleza, que a un real convencimiento de que los intereses de la madre Tierra coincidan con los de los más miserables. Porque la subida del precio de los carburantes por “motivos de protección del medio ambiente” afecta más a los bolsillos humildes que a los más acomodados. Porque la gentrificación, los alquileres turísticos y la prohibición de circulación de vehículos contaminantes generan una exclusión social de facto. Porque el consumo responsable y (supuestamente) ecológico que se estimula desde los gobiernos excluye moralmente a los que no pueden permitírselo.

Así, la izquierda, más que proteger el medio ambiente, alimenta un ecocapitalismo cuyo beneficio real sobre la naturaleza está aún por cuantificar. Y estoy seguro de que las políticas económicas de decrecimiento, que tratan de limitar el efecto nocivo de la ambición neoliberal, de llevarse algún día a cabo, tendrían efectos deletéreos sobre las capas más humildes de la sociedad. Porque estas serían incapaces de adaptarse a los nuevos esquemas de trabajo y producción, y porque la pérdida económica que pueda suponer una economía estacionaria o con PIB en descenso, no se imputaría a los más ricos, ni a las clases medias empoderadas políticamente, sino sobre aquellos que ni pueden acaparar, ni pueden exigir.

Es lógico, pues, que el discurso trumpista antiecológico triunfe en las barriadas más pobres, y entre los ciudadanos con menor poder adquisitivo. Los populistas no culpan a estos de ser unos sucios, inmorales y contaminantes. Más aún, atacan a aquellos que lo dicen. Protegen la dignidad del electorado más humilde, aunque sea a costa de denigrar y expulsar a los más humildes entre los humildes, desposeidos de todo derecho político, auténtica plebe en la era de las democracias: los inmigrantes, los refugiados. Y a costa de degradar la salud del planeta. El antiecologismo defiende los intereses de aquellos a los que la izquierda ha tomado, desde siempre, como centro de sus políticas. Y a los que, por lo menos, en este asunto, ha abandonado.

Lo ecológico ejemplifica el uso maniqueo de algunos cambios de paradigma que van más allá de lo político-social, y que afectan a todos y cada uno de los ámbitos de la sociedad. Se ideologiza, se reduce a un conjunto de medidas políticas, se jibariza la acción social necesaria, y todo ello en pos de una fotografía instantánea en la que un grupo político muestra vigor y responsabilidad frente alguno de los más importantes retos de la civilización humana contemporánea. También sucede con el feminismo, un movimiento coral, inagotable, inacaparable, pero que ciertos colectivos y partidos políticos tratan de personalizar y considerar como dominio privado. Sin embargo, el ecologismo, como el feminismo, no pertenece a nadie. Sobrepasa los límites del ámbito de acción política, va más allá de la clásica división entre izquierda y derecha, conservadores y progresistas, realpolíticos y populistas. Porque lo ecológico es más que política.

El derecho a decidir no existe

La gente no puede decidir hasta que alguien no decide quién es el pueblo
Ivor Jennings. The Approach to Self-Government

La democracia representativa ofrece a todos y cada uno de los ciudadanos la posibilidad de involucrarse en algunas decisiones políticas que les afectan directamente. Esta toma de decisiones suele consistir básicamente en la elección de los representantes políticos de cada una de las partes en las que se dividen los poderes ejecutivos y legislativos (ayuntamientos, comunidades autónomas, parlamentos nacionales y europeos…). Pero también hay veces que a la ciudadanía se le pregunta directamente acerca de temas cruciales que tienen gran peso en el futuro del país, y que suelen tomar forma de consulta o referendum (por ejemplo, OTAN sí/no, Constitución Europea sí/no…).

Todo ciudadano, por el hecho de serlo, tiene, de facto, derecho a decidir en una democracia representativa. De hecho democracia y derecho a decidir van unidos de la mano; no existiría el primero, sin el segundo, y vicecersa. Y todo ciudadano debería tener derecho a decidir siempre que su vida política se vea afectada. Un madrileño no podrá, ni deberá, votar en las elecciones municipales de Barcelona, pues el órgano legislativo y ejecutivo de la ciudad condal queda fuera de su ámbito de decisión de un madrileño. Del mismo modo, no se podrá excluir, por ejemplo, a un madrileño de Vallecas, o del barrio de Salamanca, de las elecciones a la alcaldía de Madrid, aludiendo cualquier excusa (que siempre posee cierto tinte ideológico). En democracia tiene derecho a decidir  toda persona incluida en el ámbito de decisión; y no puede pedir derecho a decidir si está excluida de ese ámbito. El ámbito democrático de decisión no conoce de fronteras, razas, sexo, religión, afiliación política, educación… Si el ciudadano se ve afectado por la decisión a tomar, deberá incluirse en el ámbito de decisión.

Sin embargo, desde los espacios políticos nacionalistas se trata de tegiversar el concepto de ese derecho a decidir democrático. Por una parte introducen una falacia: el pueblo decide. Realmente no decide el pueblo; decide cada una de las personas individuales a las que les afecta la decisión planteada. Por otra parte segregan la ciudadanía en dos grupos: aquellos que tienen derecho a decidir (los patricios), y aquellos a los que se les niega tal derecho (los plebeyos). Para ello introducen en el ámbito democrático de decisión un “hecho diferencial” que consideran imprescindible para obtener derecho a tal privilegio. Que vivan en un lugar, y no en otro. Que pertenezcan a una raza, que adoren a un dios concreto, que hablen un idioma o hayan sido educados en función a una ideología… Cualquier excusa es válida si se consigue eliminar del derecho a decidir democrático a todos los ciudadanos que, probablemente, con su voto, puedan impedir la consecución de los fines que tanto ansían aquellos políticos.

Así, por muy legal que haya sido el referéndum del Brexit, no fue muy democrático. Se dejó fuera del ámbito de decisión a cientos de millones de ciudadanos europeos a los que la decisión de Reino Unido de abandonar o no la Unión Europea les afectaba tan directamente, o más (vease el caso irlandés), como a los ciudadanos británicos. El problema actual sobre el desenlace del Brexit, y que tantas crisis políticas está desencadenando, viene, sobre todo, de una falta de consideración de las necesidades e intereses de aquellos a los que se les ha negado decidir.

Tampoco era necesario que el referéndum del Brexit hubiera sido aplicado a todos los habitantes de la Unión Europea. Valía con que, aprovechando la transnacionalidad de la gobernanza europea, todos los países europeos pudieran haber dado, a través de sus gobiernos y sus representantes políticos de instituciones europeas, su opinión acerca del Brexit. En fin, una negociación sobre las condiciones de una posible salida del Reino Unido que fueran aceptadas por la mayoría de naciones europeas.

Lo mismo sucede con el procès catalán. No es necesario que todos los españoles voten si están a favor o en contra de la independencia, sino que, previo a un supuesto referéndum, habría que preguntar al conjunto de ciudadanos que están afectados por esa decisión, si están dispuestos a ceder su derecho de decisión y entregarlo a los ciudadanos que viven en Cataluña. Y, además, a cambio de qué se permite esa cesión, o bajo qué condiciones. Esto se puede realizar de manera directa, mediante un referendum o consulta, o indirectamente a través de un cambio constitucional. Solo si se incluye, se representa y se visibiliza al conjunto de personas que están incluidas en el ámbito de decisión, entonces se podrá hablar de derecho a decidir democrático.

El derecho a decidir, por lo tanto, no existe. No existe, en cuanto a derecho democrático, tal y como es enunciado desde los altavoces mediáticos nacionalistas. Tan solo podría hablarse de tal derecho a decidir si este recoge, acoge y representa la voz de todos los ciudadanos involucrados en la decisión política, independientemente del lugar donde vivan, la lengua que hablen o la bandera que amen.

Eurovisión 2019: Tecnocracia transnacional o democracia representativa

Cuando ya se apagan los ecos de la última gala de Eurovisión, en la que un bisoño holandés se alzó con la victoria, merece la pena analizar con detenimiento el sistema de votación que, desde hace tres años, ha instaurado la Unión europea de Radiodifusión (UER) para decidir el ganador.

Los puntos totales que reciben las canciones que representan a los países seleccionados para la gran final vienen de dos fuentes; por una parte, de un jurado “profesional”, técnico, que representa a cada país de la UER, y por otra parte el televoto, mediante el cual todos los ciudadanos europeos (y australianos), tienen derecho a elegir su canción favorita. Cada fuente tiene asignada el 50% de los puntos.

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Duncan Laurence, ganador del Festival de la Canción de Eurovisión 2019 (Fuente: Martin Fjellanger)

Por jurado profesional se debería entender un grupo de personas especializadas en música que, de manera objetiva y desapasionada, puntúen a las diferentes canciones según aspectos técnicos y artísticos. A un televotante, por el contrario, no se le puede exigir un extenso conocimiento musical previo, ni una valoración objetiva de las canciones; tendrá, por lo tanto, derecho a expresar a través de su elección las fobias, las filias, los prejuicios, y también la posible manipulación que previamente pueda haber recibido desde medios de comunicación y redes sociales. Todo vale en un televoto. Incluso, tal vez, un “troleo”, esto es, que un grupo más o menos masivo de ciudadanos se ponga de acuerdo en votar a uno u otro país, movidos por los fines más espúreos y diversos. En Eurovisión este “troleo” no es muy eficaz, puesto que es difícil, sino imposible, poner de acuerdo a cientos de miles de televotantes de decenas de países diferentes; único medio de obtener una influencia útil sobre el resultado.

Posiblemente una de las razones por las que la UER ha entregado el 50% de los puntos en liza a jurados nacionales profesionales es corregir la visceralidad, emotividad y parcialidad del televoto popular. Por ejemplo, un país X podría presentar una canción magnífica, con una puesta en escena sin igual, y un cantante talentoso y carismático. Sin embargo, la audiencia podría no captar alguna de esas bondades de la propuesta, y acabaría puntuándola por debajo de su calidad. Por contra, un país Y que sea representado por una canción mediocre pero simpática y eficaz, podría recibir una gran cantidad de apoyos populares.

La realidad se aleja mucho de la teoría. Sobre todo en el último Festival de Eurovisión. Lo que ha quedado claro es que los jurados profesionales son, ante todo, muy poco profesionales. En sus puntuaciones han contado más los intereses nacionales, los amiguismos y los rencores patrios, que un meditado análisis. Chipre da 12 puntos a Grecia, como siempre. Y Grecia responde otorgándole otros 12 puntos. Las ex-repúblicas soviéticas se puntúan entre sí, colocando a Rusia generalmente en lo más alto. Al final del recuento de los puntos del jurado, una canción bien interpretada, pero poco original y bastante insulsa se ponía en primera posición: era Macedonia del Norte. Los representantes de la República Checa, con una propuesta que no soportaba el menor análisis crítico, recibía unos inmerecidos 150 puntos. Al otro lado, la excelente canción y espectacular puesta en escena de Noruega recibía unos ridículos 40 puntos (puesto 18º de 26).

At the 2019 Eurovision Song Contest Semi-final 2 dress rehearsal
KEiiNO, de Noruega (6º de 26) (Fuente: Martin Fjellanger)

El televoto fue, realmente, el que corrigió, hasta cierto punto, esta injusticia. La cantante de Macedonia del Norte recibía 58 puntos (tal vez, más acordes con la actuación que esos 247 del jurado profesional). Los checos eran, literalmente, ignorados (7 puntos), mientras que el grupo noruego rompía todos los registros al recibir 291 puntos. Huelga decir que Miki, el representante español, que aunque marchoso tampoco propuso nada espectacular, no se merecía para nada la posición final (22º), pero tal vez sí la que le había otorgado el televoto (14º).

Eurovisión no es mas que un reflejo, más o menos deformado, de la Unión Europea: un poder transnacional dirigido por técnicos y burócratas en el que la representación de la ciudadanía no tiene el mismo peso que en los parlamentos de los países que forman parte de esta unión. Podemos pensar que esos burócratas saben más que nosotros, que están menos influenciados por los mass-media y las fake news. O que su visión de los problemas que afectan a Europa es más preclara y menos parcial que la el ciudadano a pie. Pero, al final, las decisiones que se toman en los despachos de Bruselas y Estrasburgo tienen también mucho de visceral, ilógico y, lo que es más peligroso, ineficaz.

Habrá quien pida fervientemente un cambio en el sistema de votación de Eurovisión. Por ejemplo, que se de más peso al televoto, para reducir la influencia de los jurados profesionales. Yo, sin embargo, opino lo contrario: que siga todo igual; que, por lo menos una vez al año, seamos testigos de que, esa tecnocracia transnacional que tanto se alaba y se vende, comete los mismos errores, si no más, que el conjunto de habitantes que pueblan y viven en Europa.

Opinar en los tiempos de la exageración

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Duelo a garrotazos. Francisco de Goya (1746-1828)

En los tiempos de la exageración en los que vivimos, y gracias al altavoz mediático para los exabruptos que se han transformado las redes sociales, la moderación se ha convertido en una especie amenazada de extinción. Tú que te expresas contrario a mi ideario, eres un populista, facha, franquista, fascista, comunista, estalinista… Mi voz, por el contrario, representa la de los padres y madres intelectuales de la razón y libertad. Cuando sufra cualquier ofensa de tu parte me compararé con los represaliados de la Guerra Civil, con los enviados a campos de concentración, con las víctimas de la cheka y el gulag

El poder de los extremos dialécticos es formidable: toda idea u opinión que se sitúe en el (amplísimo) espacio que queda entre ellos es sometida a presiones tan poderosas que el opinador moderado, bien se decida por callar y tan solo mostrarse en un espacio privado, bien sufra una transformación ideológica que le llevará a posicionarse en público a favor de uno u otro extremos. En internet y redes sociales el insulto y la frase grandilocuente visten muy bien: unas pocas palabras rimbombantes pueden adornarse con colorines gracias a las aplicaciones de facebook; en twitter, además, generan múltiples adhesiones y despiadadas críticas (con las que alimentar el victimismo). La opinión mesurada y cabal, por contra, se pierde en el infierno del olvido de los likes. El moderado que quiera audiencia deberá aceptar convertirse en un troll que golpee a sus rivales extremistas. O, tal vez, deberá convertirse en un moderado radical, si es que puede existir tal posicionamiento, para así, desde su extremismo, competir con los demás.

No corren buenos tiempos para la moderación. El estilo de debate que se ha impuesto en las sociedades hiperconectadas no invita al acuerdo entre diferentes, sino más bien a lo contrario: la sectarización y a la confrontación visceral. Es por ello que urge a transformar el modelo dialéctico de discusión: aceptar los argumentos contradictorios de nuestros adversarios (porque los nuestros también presentan multitud de contradicciones), reconocer que las bases paradigmáticas de los discursos enfrentados puedan ser incompatibles y evitar cualquier atisbo de superioridad moral en nuestras posturas. Así, y solo así se podrá lograr un debate en el que no se busque derrotar al otro sino, tal vez, convencerle. Y dejarse convencer.

El cambio de modelo dialéctico no exige una revolución; todos los aspectos previamente comentados están presentes en la mayor parte de conversaciones cotidianas de nuestro día a día, incluso predominan sobre las polémicas y enfrentamientos verbales. Aunque nunca reparemos en ellos, son la conditio sine qua non para que nos podamos entender con el familiar, el vecino, el compañero de trabajo… Nos pasamos el día pasando por alto incoherencias y barbaridades, y no nos ponemos en tensión continua contra ellas.

Revolución no, pero sí sería tal vez necesario un cambio de mentalidad y una mayor humildad para ampliar el área de consenso en nuestros debates. Fomentar esos lugares de encuentro en la palabra comunicada (tolerancia de contradicciones, reconocimiento de paradigmas, limitación de la superioridad moral) frente aquellos otros que, por el contrario, tan solo favorecen las posturas extremas e intolerantes, y asfixian la moderación (que no tiene que ser lo mismo que equidistancia).